El Maestro Santiago viaja a México para contactar con los sanadores y curanderos del lugar

Viajé a México en Setiembre de1994 con el propósito de establecer contacto e investigar el mundo de los sanadores mexicanos, comúnmente llamados “oseros”, principalmente en la zona de Quintana Roo, en la provincia de Yucatán.

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En México hay centenares profesionales “oseros” o “sobadores”repartidos por todo el territorio nacional. Son muy valorados y apreciados por el pueblo. Cada mañana se forma una larga cola de clientes delante de la consulta a la espera de ser atendidos. La gente tiene verdadera fe en sus métodos y en sus mágicos resultados. huesero111Creen y confían plenamente en ellos. Se suele coger tanda de un día para otro. Y los oseros de más renombre o prestigio suelen tener varios ayudantes que les preparan los pacientes antes de ser atendidos, para que el osero no pierda su precioso tiempo esperando. Pueden llegar a ser cientos las personas atendidas en un solo día. Sus precios suelen ser muy populares y accesibles para cualquier persona.

Un viejo amigo cubano, llamado Reginaldo, que conocía mi interés antropológico por el mundo de los sanadores y curanderos me recomendó que en mi próximo viaje a México, visitara expresamente en un pueblecito situado cerca de Mérida, en la provincia de Yucatán, para conocer los hechos y milagros de un destacado curandero y sanador, de muy reconocido prestigio en el mundo.

Hueseros-acreditadosLocalicé al personaje en un recóndito lugar, y se me ocurrió que sería ilustrativo que me consultara preventivamente, por si acaso me detectaba alguna enfermedad desconocida para mí. Mejor dicho que me interesaba sacarle toda la información posible personal.

Hice una larga cola esperando que me tomaran el nombre para poder ser atendido a la mañana siguiente. Al siguiente día llegue a la consulta a las seis de la mañana para no perder la tanda. Escuché cosas muy buenas sobre este curandero sanador de boca de las personas que estaban esperando ser atendidas.

Cuando me tocó el turno me cobraron la voluntad. Estaba él sentado detrás de una mesa escritorio, me hizo varias preguntas sobre mi salud, me miró detenidamente mis ojos y me dijo que tenía tres quites debajo de la córnea de mi ojo izquierdo. Dijo que no era un problema importante, pero que era mejor que me los sacara. Que me lo pensara y si decidía operarme que podía hacerlo en los próximos días. Un día para la primera operación, el siguiente para recupérame y descansar, y el tercero para volver a operarme.

Me puse a reflexionar sobre la cuestión. No me hacía ninguna gracia que me tocara el ojo con un bisturí. Tenía miedo. Estaba muy lejos de mi casa y estaba sólo. Mientras estaba paseando cabizbajo por una pequeña plaza del pueblo, se me acercó una joven mejicana que me dijo que se había levantado por la mañana con un sueño premonitorio de que debía viajar a este lugar porque tenía la misión de ayudar a una persona solitaria y necesitada de apoyo físico y moral. Entendió que yo era esta persona y decidió identificarse esperando serme de utilidad.

Era una muchacha muy joven, mestiza, muy agradable y educada. Dijo venir exprofeso desde Cancún. Se ofreció a ayudarme y a darme soporte moral con su presencia y conversación. Me llevó a una casa que arrendaban plazas para dormir en hamacas individuales. Se ofreció a hacer por mí la cola para esperar el turno para ser atendido clínicamente, mientras yo podía seguir descansando. A veces era necesarias varias horas de pie, esperando que me llamaran por mi nombre. También me aprovisionaba de comida y bebida diaria, que compartíamos como buenos camaradas. Se preocupaba por mí. Tuve suerte de contar con su ayuda incondicional en aquellos días difíciles e inciertos.

Era un verdadero Ángel de la Guarda que el Universo había puesto en mi camino, en un momento muy delicado. Me animó a seguir adelante en la limpieza de mis ojos. Entendí que iba a realizar una operación de purificación espiritual y que era bueno pasar por esta trance antes de emprender mi nueva vida pública. En aquel momento presentía que posiblemente mi camino venidero era la sanación espiritual y la curación. Tenía miedo de convertirme en una persona especial, diferenciada de los demás por unos poderes que crearan admiración, pero también envidia y temor a lo desconocido. En aquella época ya tenía “santo” hecho.

Acepté mi circunstancia como verdadera obediencia al Universo y me preste al sacrificio de pasar por el quirófano físico-espiritual para mi propio bien y para poder dar en el futuro un servicio a la humanidad, si este era el caso.

Al día siguiente entré en el consultorio cuando mi vigilante y solicita amiga me llamó para ser atendido. Me situaron encima de una rudimentaria camilla, y me dejaron esperando que me atendieran. Éramos unas ocho personas en espera en aquella sala. Había otra salas colindantes también llenas de pacientes, Calculo que cada día se atendía a varios cientos de personas en lo que podríamos llamar una clínica.

El sanador llegaba antes que amaneciera. Había una multitud esperándolo. Llegaba en coche conducido por uno de sus ayudantes. No saludaba a nadie personalmente. No hablaba con nadie. Era taciturno y nada comunicativo. Aparentemente solo vivía para sanar, curar a las personas y para atender a los pacientes. Le vi alguna tarde paseando sólo, con una actitud meditativa en medio de un claro dentro de una arboleda, y con su coche privado aparcado cerca y con su chofer vigilante como si fuera su guardaespaldas. No me agradó en absoluto esta clase de vida.

Antes decíamos que estaba tendido en una camilla, cuando entró el sanador, y sin mediar palabra se inclinó sobre mi rostro me forzó a abrir el ojo a lo vivo y noté unas rápidas raspaduras o arañazos sobre mi córnea. Había transcurrido todo muy rápidamente, en unos escasos segundos. ¡Qué miedo llegué a pasar! Uno de sus ayudantes me tiró unas gotas desinfectantes en el ojo, me lo tapó con una gasa, y a continuación me lo sujetó alrededor de la cabeza con una venda blanca. Parecía el tuerto de una película de piratas.

Me puse mi característico sombrero blanco, de vaquero americano en la cabeza, y medio tambaleante, fui caminando lentamente a la búsqueda de mi buena amiga, que me aguardaba en el sitio reservado con la hamaca, para descansar y reponerme física y psicológicamente por la gran tensión sufrida. Ahora tenía un tiempo para descansar. Pasado mañana debía volver a repetir la misma operación en el último quiste del ojo izquierdo.

Reconozco que fui muy valiente, o quizá imprudente al confiar la visión de mis ojos a unos desconocidos. Ciertamente creo que en aquellas circunstancias, creyéndome un ser muy especial, con un destino universal indeterminado, confié absolutamente en la casuística del Universo. Me encontraba en aquel lugar como el cazador cazado. Buscaba pruebas fehacientes sobre el milagro de la sanación espiritual y la curación material, y yo mismo me convertí en el sujeto analizador y analizado. De la lucha por la aceptación de la fé indeterminada, pasé a la creencia en el Destino predeterminado por el Universo. De tener alguna duda sobre mi futuro, pasé a aceptar la “casuística” del Poder del Universo y su Obra creadora imperturbable.

Una ver finalizada mi experiencia sobre la curación y la sanación, me despedí de mi amiga cuyo nombre no puedo recordar, aunque ciertamente era un nombre maya. Se sintió muy feliz por haberme ayudado. Su misión había terminado, y la mía también. Nos despedimos al pie de su autobús que la retornaba a la ciudad de Cancún, lindante al mar Caribe.

Cuando habían transcurrido 24H de la última operación, ya en aeropuerto de Mérida, entré en el lavabo de caballeros, y entre dudas y certezas me destapé el ojo vendado con sumo cuidado y con el resquemor del posible éxito o fracaso de la operación. ¡Milagro!, veía bien, maravillosamente bien.
¡Loado y alabado sea el Universo! Seguidamente continué mi retorno hacia Barcelona.

MAESTRO SANTIAGO
Gran Metafísico Universal

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