Hacia una espiritualidad laica. De naturaleza espirituales

Nuestra naturaleza es ser espirituales. Nacemos a la especie contando ya con un depósito de tradición y de conocimientos compartidos, facilitado por el uso del lenguaje, que nos permite trascender las necesidades inmediatas. Somos cultura. Y a través de la pertenencia a una sociedad desarrollamos la conciencia del yo. El interés por dejar un legado en forma de obra científica o literaria o de descendencia biológica, además del sentimiento religioso, se explican en parte por la necesidad de trascendencia característica del reconocimiento de la propia individualidad.

En la dialéctica con las religiones, los laicos hemos cedido tanto terreno que ahora hablar de espiritualidad laica parece un oxímoron. No obstante, gran parte de nuestra actividad como seres humanos (los debates políticos e ideológicos, la solidaridad, el disfrute del arte o del deporte, el desarrollo de la ciencia o la creación artística) está basada en valores, creencias y expectativas que trascienden el mundo físico. El cerebro humano es un maravilloso producto de la evolución. Los humanos, así como la materia de la que estamos hechos y la actividad racional sostenida por ella, somos parte de un mundo natural con impresionantes logros espirituales. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, uno de ellos, es espiritualidad laica en estado puro. Y sabemos además que nunca lo sabremos todo. Es una falacia el intento de suplir la ignorancia con hipótesis ad hoc. Ese procedimiento, si bien ofrece consuelo ante el terror que produce el misterio, no nos acerca un ápice a la comprensión de lo que somos.

Una trampa en la que caemos al hablar de espiritualidad es suponer que la ética está vacía si no se fundamenta en la creencia en un ser externo al individuo que dicta lo que es correcto. Sin embargo, la ética que emana de nuestra conciencia de seres autónomos representa un estadio superior en nuestro desarrollo como seres humanos. El imperativo kantiano condensa la esencia de la racionalidad madura, que exige la toma de decisiones y la asunción de sus consecuencias. Cuando colocamos fuera de nosotros (en los padres, en la Conferencia Episcopal o en Dios) la fuente de los valores, extendemos a toda la vida un comportamiento propio de la infancia. Nada ganamos echando mano del pensamiento mítico y cerrando los ojos a nuestra naturaleza como seres espirituales, responsables de nuestro destino individual y colectivo, y capaces de conservar el asombro inquisitivo ante una realidad complejísima que no necesita de la existencia de fantasmas.

Artículo publicado en La Vanguardia.

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