Snowden y el Papa

Edward Snowden encaja perfectamente en la visión de la persona moral del papa Francisco. La política democrática está, muchas veces, fuertemente influenciada por las creencias religiosas.

El papa Francisco cada vez se parece más a una ráfaga de aire fresco que sopla por las recámaras rancias de la Iglesia católica. Parece y se comporta como un ser humano normal. Usa zapatos en lugar de zapatillas de terciopelo rojo. Tiene buen gusto para la literatura: Dostoyevski, Cervantes. Y demuestra una actitud más humana hacia los homosexuales, aun si no se ha opuesto a la doctrina de la Iglesia sobre el comportamiento sexual.

Pero lo más sorprendente que ha dicho Francisco, en una carta reciente al periódico italiano La Repubblica tiene que ver con los no creyentes. Un no creyente está a salvo de los fuegos del Infierno, nos asegura el Papa, siempre y cuando el no creyente escuche a su propia conciencia. Estas son sus palabras exactas: “Escuchar y obedecer a la propia conciencia significa decidir ante lo que se percibe como el bien o como el mal”.

En otras palabras, no necesitamos ni a Dios ni a la Iglesia para que nos digan cómo comportarnos. Nuestra conciencia es suficiente. Ni los protestantes devotos llegarían tan lejos. Los protestantes sólo descartan a los curas como un conducto entre un individuo y su creador. Pero las palabras de Francisco sugieren que podría ser una opción legítima descartar al mismísimo Dios.

La Iglesia católica no habría sobrevivido todo el tiempo que ha sobrevivido si no hubiera estado dispuesta a cambiar con los tiempos. La declaración del Papa ciertamente concuerda con el individualismo extremo de nuestra época. Pero, aun así, sigue siendo un poco desconcertante. Después de todo, un creyente cristiano, como lo debe ser el Papa, tendría que asumir que las cuestiones del bien y del mal, y cómo comportarse éticamente, son prescritas por la doctrina de la Iglesia y los textos sagrados. Los cristianos creen que sus opiniones sobre lo que está bien y lo que está mal son sagradas y universales, y esa moralidad es una búsqueda colectiva.

No sé si Edward J. Snowden, el exempleado de inteligencia norteamericano que expuso secretos oficiales en protesta contra el espionaje que hace su Gobierno de sus ciudadanos, es cristiano. Tal vez sea ateo. Sea como fuera, encaja perfectamente en la visión de la persona moral del nuevo Papa. Snowden dice haber actuado de acuerdo con su conciencia, para proteger “las libertades básicas de la gente en todo el mundo”.

Su opinión del bien colectivo era enteramente individual.

Tal vez en una era secular el comportamiento ético no tenga otra base que la conciencia propia. Si los textos sagrados ya no pueden mostrarnos la diferencia entre el bien y el mal, tendremos que decidir por nosotros mismos. La democracia liberal no puede ofrecer la respuesta, tampoco pretende demostrar que sí puede hacerlo. No es más que un sistema político destinado a resolver conflictos de intereses, legal y pacíficamente. Los temas vinculados a la moralidad y al significado de la vida la exceden. Pero la política democrática puede estar, y muchas veces lo está, fuertemente influenciada por las creencias religiosas. La mayoría de los países europeos tienen partidos políticos democristianos. Israel tiene sus partidos ortodoxos. La política norteamericana está saturada de doctrina y símbolos cristianos, sobre todo -pero no excluyentemente- en la derecha. Los musulmanes intentan inyectar su fe en la política, muchas veces de modos no liberales.

Luego están las ideologías políticas seculares, como el socialismo, que tienen un fuerte componente ético. Los partidos socialistas y comunistas, no menos que la Iglesia católica, tienen opiniones firmes sobre lo correcto y lo incorrecto, y sobre qué debería ser el bien colectivo. De hecho, la democracia social en muchos países está arraigada en el cristianismo.

Y, sin embargo, a pesar de la enorme victoria que obtuvieron los democristianos de la canciller alemana Angela Merkel en las recientes elecciones de Alemania, el cristianismo es una fuerza que se desvanece rápidamente en la política europea. Y la influencia de los partidos de izquierda se está extinguiendo aún más rápido. Gran parte de lo que quedaba de la ideología socialista desapareció a finales de los años ochenta con la caída del imperio soviético.

Lo que surgió desde los levantamientos sociales de los años sesenta y los big bang financieros de los años ochenta es un nuevo tipo de liberalismo que no sólo carece de una base moral clara, sino que también considera que la mayoría de las restricciones del gobierno son ataques a la libertad individual. En muchos sentidos, ya no somos ciudadanos, sino consumidores. El comportamiento descontrolado, tanto personal como financiero, del ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi lo convirtió en el político perfecto para la era neoliberal.

¿Podría haber nuevas maneras de establecer una base moral para nuestro comportamiento colectivo? Algunos utópicos creen que internet lo logrará creando un espacio donde nuevas redes de ciudadanos transformen el mundo. Considerando que los medios sociales se pueden utilizar para movilizar a la gente a favor de buenas causas, hay algo de verdad en esto. Miles de idealistas chinos, inspirados por blogueros y medios sociales, ayudaron a sus compatriotas después de un terremoto reciente, a pesar de que su gobierno estaba acallando las noticias.

Pero internet, en realidad, nos está llevando en la dirección contraria. Nos alienta a volvernos consumidores narcisistas, expresando nuestros “me gusta” y compartiendo cada detalle de nuestras vidas individuales sin conectarnos verdaderamente con nadie. Esta no es la base para encontrar nuevas maneras de definir el bien y el mal o de establecer significados e intenciones colectivos.

Todo lo que hizo internet fue hacer que a las empresas comerciales les resultara más fácil compilar bases de datos enormes sobre nuestras vidas, pensamientos y deseos. Las grandes empresas luego pasan esta información al gran gobierno. Y es por eso que la conciencia de Snowden lo llevó a compartir secretos de gobierno con todos nosotros.

Tal vez nos haya hecho un favor. Pero no puedo imaginar que sea exactamente la persona a la que el papa Francisco tenía en mente cuando intentaba achicar la brecha entre su fe y nuestra era de individualismo desatado.

Artículo publicado en La Vanguardia.

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