El ángel de la prisión

Antonia Brennner (1926-2013)
Religiosa norteamericana
La historia de su vida fue retratada en un libro y en un documental, y no pasará mucho tiempo antes de que sea contada en un largometraje de ficción. Se llamaba Antonia Brenner, pero para los presos de una peligrosa cárcel de Tijuana a la que se mudó por propia voluntad más de 30 años atrás, esta monja norteamericana era simplemente la Mama o el Ángel de la Prisión.
Nacida como Mary Clarke en la parte más rica de Beverly Hills, disfrutó de una vida de privilegios, en la que se casó dos veces y tuvo siete hijos. Pero después de cumplir los 50 años, cuando el menor se marchó de la casa, decidió que era hora de entregar su vida a Dios y se convirtió en monja. Familiarizada con la prisión de La Mesa debido a sus actos de beneficencia, en el año 1977 decidió mudarse allí, donde vivió en una celda común, con las mismas incomodidades que los presos allí recluidos, hasta que su delicado estado de salud le obligó a trasladarse a la sede de su orden religiosa en Tijuana, donde falleció el pasado 17 de octubre.
Hija de un inmigrante irlandés que se hizo rico vendiendo artículos para oficina, de niña tuvo como vecinos a Cary Grant y otras celebridades. Aunque nunca quiso hablar mucho de su vida antes de tomar los hábitos, se sabe que se casó dos veces y tuvo siete hijos, cuatro chicas y tres varones, y que en esos años trabajó intensamente en obras de caridad.
Sin embargo, siempre quiso dar más que dinero, y por eso en la década de los sesenta empezó a viajar a México, aún como laica, para llevar a cabo trabajo social. Su mirada del mundo cambió radicalmente cuando un sacerdote la invitó a visitar la prisión estatal de La Mesa, en Tijuana, que aloja a unos 8.000 presos entre asesinos, pandilleros, violadores y otros delincuentes peligrosos.
En una entrevista concedida a Los Angeles Times en 1982, quien se hacía llamar Madre Antonia explicó: “Algo me ocurrió cuando vi a estos hombres detrás de las rejas. Cuando me fui, me quedé pensando en ellos. Si tenía frío, me preguntaba qué sentirían ellos; si estaba lloviendo, me cuestionaba si tenían donde protegerse, si tenían medicinas y cómo lo estarían pasando sus familias. Cuando regresé a la prisión para quedarme a vivir allí, sentí que volvía a casa”.
Respetada por carceleros y detenidos por igual, era capaz de detener peleas y motines, y sólo dejaba la prisión para los viajes que hacía a California con el fin de recaudar donaciones para la orden religiosa que fundó en Tijuana, las Siervas Eudistas de la Séptima Hora, una congregación de mujeres maduras interesadas en ayudar a los desamparados.
De pequeña estatura y llamativos ojos azul celeste, siempre enfundada en los tradicionales hábitos, la monja solía pasear por la prisión con una sonrisa en los labios, concediendo una oración a quien se la pidiera. Pero, además, repartía todo tipo de insumos esenciales entre los detenidos y les ayudaba en todo lo que podía. Aun así, no dejaba de hablarles de sus víctimas y de recordarles que sus acciones habían sido equivocadas. En el año 2007, la calle que conduce a la prisión fue rebautizada por las autoridades como Madre Antonia.

Artículo publicado en La Vanguardia.

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