¿Se puede parar el reloj biológico? El deseo de vivir

Según el Instituto Nacional de Estadística, los niños nacidos en 2010 tenían una esperanza de vida de 78,92 años, y las niñas, de 84,93. Es un logro extraordinario de la medicina contemporánea y del desarrollo social, con el añadido de que no sólo se vive más, sino con mejor calidad de vida. Se especula mucho sobre las consecuencias de este progresivo alargamiento de la vida humana. En la parte negativa de la balanza, economistas y demógrafos auguran problemas muy graves en un futuro cercano. En la parte positiva está la satisfacción de la gente ante la posibilidad de prolongar la vida, reforzada por el optimismo de algunos autores que pronostican un progreso exponencial de las técnicas que permitirán avanzar más deprisa en la solución de los problemas humanos.

Tal es el caso del científico estadounidense Ray Kurzweil y de los llamados transhumanistas (Nick Bostrom, David Pearce, Eric Drexler y Anders Sandberg). Inventor, especialista en informática y en nanotecnología, Kurzweil cree que no sólo será posible abordar muchos problemas biológicos, genéticos y funcionales actualmente irresolubles, sino que también se podrá mejorar las capacidades de los seres humanos. El control tecnológico de la evolución biológica de los individuos está en nuestras manos y nos abre perspectivas insospechadas que, hasta ahora, sólo eran ciencia-ficción. Sin embargo, hay que preguntarse en qué manos estará dicho poder, qué se hará con él y si se administrará con justicia. Preguntas que no sólo conciernen a las situaciones de futuro, sino que son muy pertinentes también para el presente. La esperanza de vida varía mucho de unos países a otros. Además de decir que España está muy bien situada en las estadísticas mundiales, habría que detectar los desequilibrios internos y considerar la ayuda internacional que se debe promover para superar las graves desigualdades entre países.

Muchos seres humanos aspiran a la inmortalidad y la conciben de diversas maneras, en sentido espiritual, material o de trascendencia cósmica, y hacen todo lo posible por asegurarse el buen fin de su creencia. Según una leyenda urbana, Walt Disney quiso que se crioconservara su cuerpo para esperar el momento en que los avances científicos le retornaran la vida. La historia es falsa (está acreditada su incineración), pero muestra hasta qué punto el tema resulta fascinante y creíble para mucha gente. Podemos vivir más pero, ¿sabemos para qué vivimos?

Debemos preguntarnos en qué manos estará el control tecnológico de la evolución y qué se hará con él.

Artículo publicado en La Vanguardia

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