Donar óvulos, regalar vida. Más que un acto de generosidad

La donación de óvulos es un tratamiento cada vez más necesario para algunas mujeres debido al retraso en la maternidad por los cambios sociales y familiares. La donación tiene mucho de instinto maternal y una gran base de solidaridad. Porque ser madre o padre va mucho más allá de donar un óvulo; es parir, cuidar y educar. Un compromiso de por vida

Donar (del latín donare). Dicho de una persona viva: Ceder voluntariamente su sangre, algún órgano, etcétera, con destino a personas que lo necesitan. Si nos atenemos a la definición de la RAE vemos que la donación de óvulos implica una cesión voluntaria de los mismos a una persona que los necesita para generar una vida, para tener un hijo. Posiblemente no haría falta decir más, porque no se me ocurre una mejor justificación para animar a aquellas mujeres en edad fértil a donar sus óvulos. ¿Qué puede ser mejor que ayudar a crear una vida?

Sin embargo hay cosas que explicar, ya que la donación de óvulos ha estado sujeta a fariseísmos morales y a mitos científicos que merecen unas palabras aclaratorias.

La donación de óvulos es un tratamiento cada vez más necesario por el retraso en la maternidad debido a los cambios sociales y familiares que han tenido lugar en esta generación. En resumen, consiste en que una mujer entre 18 y 35 años siga una estimulación hormonal para producir varios óvulos en lugar del único que produce cada mes. Cuando los óvulos están maduros la donante se somete a una punción ovárica para extraerlos. Estos óvulos son donados a una paciente que, o bien no puede producirlos, o los que produce no tienen calidad para dar lugar a un hijo. Los óvulos son fecundados con el semen de la pareja o de un donante, y los embriones resultantes se transfieren al útero de la paciente receptora.

No deja de ser curioso que haya habido tanto rechazo a la donación de óvulos y se la haya tachando de mercantilista haciendo referencia a una pretendida explotación de la mujer, cuando los bancos de semen en España funcionan desde hace décadas, siempre compensando económicamente al varón que aportaba su esperma. Y doy fe de que la donación de óvulos, seguramente impregnada del instinto maternal que aún hoy poseen muchas mujeres, tiene una base mucho más solidaria, moral y espiritual que la de semen. No obstante, no se puede negar que en tiempos de crisis la compensación económica pueda ser un incentivo (compensación justificada y cuantificada de forma oficial por la Generalitat), pero lo que es innegable es que en nuestro país existe una cultura de la donación que abarca todos los ámbitos de la misma (sangre, órganos, médula ósea y, por supuesto, óvulos) y que nos sitúa como país líder a nivel mundial en este campo.

Tampoco voy a negar que la donación de óvulos sea un proceso que entraña ciertos riesgos, pero la realidad es que la técnica ha ido ganando en seguridad con los años. Los nuevos protocolos de estimulación son muy seguros y minimizan el riesgo de complicaciones como la hiperestimulación.

Hay suficiente evidencia científica que demuestra que el uso de hormonas para estimular no aumenta el riesgo de cáncer ginecológico ni compromete la futura fertilidad de la donante ni adelanta la edad de la menopausia.

Las punciones ováricas se realizan en quirófanos equipados, bajo sedaciones ligeras de las que las donantes se recuperan rápidamente. También la mejora en los procedimientos de los laboratorios de reproducción permite estimular menos a las donantes sin que eso afecte a las tasas de embarazo, ya que con menos óvulos se consigue la misma cantidad de buenos embriones. Sin duda supone hoy un riesgo mayor para una joven salir de copas un sábado por la noche en coche, aunque no beba, que someterse a este proceso.

Finalmente querría hablar del anonimato de las donantes, obligatorio por ley en nuestro país. Mucho se habla del derecho del hijo nacido de una donación de conocer la identidad de la donante. A mí me parece una actitud equivocada que quiere comparar donación con adopción, cuando hay grandes diferencias en el origen de ambos procesos. En la adopción existe el abandono de un hijo, la donación es un acto de generosidad que permite a esa madre concebir un hijo. Es lógico pues que se protejan los derechos de aquellas que donan sus gametos. Sin embargo, lo más justo sería que fuera posible preguntarle a una donante si para ella es un problema revelar su identidad, permitiendo así crear una lista de donantes no anónimas para satisfacer a quienes deseen poseer esa información. No hay que olvidar que en los países en los que el anonimato desapareció el número de donantes disminuyó drásticamente, y que recientes estudios revelan que no hay mucho interés por parte de los hijos nacidos en conocer la identidad de los donantes. En Suecia, el país que primero eliminó el anonimato en los donantes de semen, sólo el 2% de los hijos concebidos con semen de banco solicita información sobre los donantes.

Esto no hace más que demostrar que en realidad no es padre o madre quien generosamente dona sus cromosomas, sino quien los pare, cuida, protege, educa y riñe durante toda una vida.

Artículo publicado en La Vanguardia

Donar óvulos, regalar vida. Mujeres solidarias

Tanto donantes como receptoras, desde el punto de vista psicosocial, llevan a cabo su propio proceso mental de aceptación del tratamiento. Plantearse esta opción no resulta fácil, ya que nuestra cultura y educación no nos ha preparado para ello. La ciencia avanza más rápido que nuestra capacidad de asimilar y cambiar ciertos procesos mentales. En nuestra historia encontramos muchas referencias a este respecto como lo fue la aceptación social de la donación de órganos, incluso cuando la vida dependía de ello. Hoy en día, las mujeres que realizan este tipo de tratamientos lo hacen tras haberse planteado cuestiones emocionales muy profundas al respecto.

En el caso de las donantes, la cuestión más importante para ellas reside en tener claro el significado del proceso. Ellas donan una célula (un óvulo) con capacidad para crear una vida, pero para ello necesitará de la pareja receptora que completará el proceso genético que creará un embrión y, por tanto, un futuro bebé. Ellas no creen estar donando un hijo.

La realidad es que si la presencia de esta idea fuese cierta, no existirían donantes. Ellas se sienten partícipes de un proceso en el que, cuando funciona, contribuyen directamente a crear una vida, a dar felicidad a una pareja que no lo habría conseguido por sí misma.

En cuanto a las receptoras, tras un proceso de reevaluación de creencias y prioridades vitales, son conscientes de que ellas tienen la oportunidad, gracias a las donantes, de gestar a su hijo y poder compartir su vida desde el momento cero. No lo sienten extraño, lo alimentan, lo sienten crecer y lo ven nacer. Este sentimiento es universal y va más allá de la genética. Es un vínculo entre una madre y su hijo. Aquí se aprecia también por qué resulta algo más fácil para las parejas asumir la donación de óvulos que la de semen. El proceso mental por el que atraviesan estas mujeres se divide en dos fases. Por un lado decidir si quieren realizar el proceso. Es la parte más difícil porque aparecen todos los miedos, las dudas, la inseguridad… Al fin y al cabo es una decisión que les acompañará toda la vida. Una vez han decidido dar el paso, aparece la segunda fase, en la que la prioridad no es de dónde vino el óvulo, sino cuidar, educar y amar a su pequeño.

Cuando les pregunto: “¿Cómo te gustaría que fuese tu hijo, de qué te sentirías orgullosa?”, sus respuestas no tienen que ver con la genética. “Que sea buena persona, responsable y, sobre todo, feliz”. Algo de lo que ellas se encargarán personalmente.

Artículo publicado en La Vanguardia