Enseñar a sufrir. Dejemos las piedras

A los padres no nos gusta ver sufrir a nuestros hijos. Es lícito y natural que deseemos su bienestar y que procuremos favorecerlo. Tan sólo unos padres con algún trastorno o carencia grave podrían alegrarse del padecimiento de los hijos e incluso provocarlo. Pero desear la felicidad de los hijos no significa hacerles las cosas fáciles ni esconderles la cara amarga de la vida. Si queremos que sean capaces de encarar dificultades y situaciones adversas, y que salgan bien parados y fortalecidos, tienen que poder experimentar desde pequeños. No hace falta que les pongamos trabas adicionales, pero tampoco les tenemos que ahorrar las dificultades que se presenten.

Sorprende que actualmente haga falta organizar talleres y actividades para que las criaturas experimenten la frustración, cuando tendría que ser un aprendizaje inherente a la vida misma. Es absurdo, aparte de iluso, pretender resguardar a los niños en una especie de burbuja. Tarde o temprano, la adversidad llamará igualmente a su puerta y lo único que habremos conseguido tratando de evitarla y de postergar el padecimiento es hacerlos frágiles o ineptos para afrontarla.

Los traspiés y las tristezas son necesarios, además de inevitables. Hay cosas que sólo se aprenden cayéndose y hay caídas que suponen impagables lecciones de humanidad, de fortaleza, de humildad y de madurez. Sólo si dejamos que nuestros hijos tropiecen y se caigan, podrán desarrollar habilidades para levantarse. Sólo si permitimos que experimenten dolor, frustración, impotencia, irritación y otras emociones difíciles, aprenderán a transitarlas sin caer en un pozo y a mitigarlas y superarlas sin tener que recurrir al consumo de ansiolíticos o a otro tipo de adicciones.
Parece mentira que siendo tan obvio, estén tan en boga los llamados “padres helicópteros”, que sobrevuelan constantemente a los hijos para controlar cada paso que dan y evitar cualquier riesgo, y los “padres quitanieves”, que van por delante de los hijos aplanándoles el camino y retirando cualquier obstáculo. Un gran error si tenemos en cuenta que la sobreprotección es una forma de cariño que perjudica a los menores, ya que los deja indefensos ante la vida. Quien no se ha dado nunca un porrazo es difícil que se convierta en una persona emocionalmente competente. El amor que hace bien y que ayuda a crecer es el que puede soportar el padecimiento de ver sufrir a los hijos, aunque a veces se nos rompa el corazón, porque sabe que de las piedras del camino se pueden extraer perlas y de los resbalones nuevos pasos de madurez.

Artículo publicado en La Vanguardia

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