¿Tenemos calidad de vida? Bienestar subjetivo

Nuestra calidad de vida, nuestro bienestar o nuestra felicidad es algo que podemos definir nosotros mismos sin tener que recurrir exclusivamente a los expertos. En consecuencia, numerosos estudiosos han empezado a incorporar medidas subjetivas de bienestar en sus trabajos. A lo largo de los años son miles los individuos que han dado respuestas válidas, coherentes y relevantes cuando se les ha pedido valorar en una escala (por ejemplo de 0 a 10) su nivel de felicidad o satisfacción con su vida. Usando estas medidas de satisfacción declarada, hemos podido derivar cuáles son los determinantes del bienestar y la felicidad, cuáles son las preferencias de los individuos en relación con un abanico importante de aspectos e incluso entender mejor su conducta. Con estas medidas hemos estudiado la pobreza y la desigualdad desde una perspectiva subjetiva y podemos evaluar y diseñar políticas públicas que sean coherentes con las preferencias y el bienestar de los ciudadanos.

¿Qué nos hace felices? La relación entre los ingresos y la felicidad declarada van de la mano sólo hasta cierto punto, a partir del cual más dinero no incrementa sustancialmente la felicidad. Sin embargo, necesitamos mantener nuestro estatus, ya que ser más pobres que los demás reduce nuestra felicidad. Estar desempleado tiene un efecto muy perjudicial para la felicidad, aunque este efecto es menor en los países o regiones donde el índice de paro es más elevado. También se ha constatado que los individuos no se adaptan a estar en paro: esta experiencia afecta e influye en nuestra felicidad incluso después de volver a encontrar trabajo. De hecho, la evidencia reciente apunta que la capacidad de adaptación de los individuos ha estado sobrevalorada durante mucho tiempo, ya que, si bien nos adaptamos a algunas circunstancias, hay acontecimientos que marcan nuestra felicidad para siempre.

En los países occidentales tener estudios universitarios tiene un efecto negativo sobre la felicidad, ya que crea unas expectativas que son difíciles de alcanzar. Ejemplos de otros determinantes de la felicidad son las características no salariales del trabajo (horas trabajadas, turnos de trabajo, tipo de contrato, tiempo de desplazamiento, etcétera), la salud, el tener pareja, y las características del entorno (la inflación, la tasa de paro, la desigualdad y la contaminación ambiental tienen un impacto negativo sobre el bienestar).

Artículo publicado en La Vanguardia

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¿Es prioritario ir al espacio? Investigar en tiempos de crisis

La pregunta es recurrente. Con la que está cayendo, ¿tiene sentido gastar tiempo y recursos en la investigación espacial? A falta de una respuesta tajante en un sentido u otro, los beneficios y aplicaciones que de la investigación especial se derivan en nuestra vida cotidiana son cada vez mayores (GPS, satélites meteorológicos, etcétera) y suponen una enorme actividad económica

Un tema recurrente, tanto en tiempo de crisis como de bonanza económica, es la prioridad de la investigación espacial frente a actividades más perentorias como pueden ser curar determinadas enfermedades o solucionar el problema energético, por citar sólo dos ejemplos. La persistencia de esta pregunta después de casi cien años de exploración espacial indica que la respuesta no es sencilla.

Lanzar una sonda o un satélite es caro. En primer lugar porque se necesita una gran cantidad de energía para poner una carga en órbita y, además, el proceso de construir un cohete y operarlo es extremadamente complejo. En segundo lugar, cada uno de los componentes de un vehículo espacial debe ser capaz de actuar en un ambiente extremadamente agresivo a causa de la radiación, las temperaturas extremas y el vacío. Por ejemplo, el coste típico para poner un kilo de masa en órbita oscila entre los 50.000 y los 100.000 euros. El coste de una misión media de la Agencia Europea del Espacio (ESA) es del orden de 500 millones de euros, el equivalente a un submarino convencional. Si la carga que se lanza es una persona, el coste se dispara, pues hay que extremar la seguridad e incrementar la carga con los víveres necesarios para mantenerla con vida.

A la vista de estas cifras no es de extrañar que el tractor inicial de la I+D espacial fuera la pugna entre las dos superpotencias de la guerra fría por controlar el espacio con fines militares y propagandísticos. Sin embargo, con el paso del tiempo las actividades comerciales han ido ganando terreno hasta el punto que en muchos casos el interés económico supera el militar.

Probablemente, el campo más maduro comercialmente sea el de las telecomunicaciones. De acuerdo con Eurostat, en el año 2005 el proceso de construcción y lanzamiento de los satélites de comunicaciones alcanzó un monto de 3.300 millones de euros, mientras que las ventas de derechos de uso sumaron 7.000 millones de euros. La venta de equipos terrestres de telecomunicaciones ascendió a 30.000 millones de euros y el valor añadido de los servicios prestados superó los 55.000 millones. Análogamente, se estima que la observación de la Tierra genera un negocio de 3.000 millones de euros que crece rápidamente. El caso más paradigmático lo aporta la navegación por satélite. Estos sistemas fueron concebidos inicialmente como un sistema militar, el famoso GPS; sin embargo, pronto se encontraron todo tipo de aplicaciones civiles y en 2005 la venta de equipos alcanzó los 7.000 millones de euros, mientras que el valor de los servicios se estimó en 21.000 millones de euros. Estas cifras se incrementarán espectacularmente cuando los sistemas ruso, europeo y chino entren en funcionamiento.

El sector espacial representa una fracción no desdeñable de la economía mundial, por lo que la pregunta inicial debe ser más precisa. ¿Podemos prescindir de la investigación espacial básica (telescopio Hubble, observatorios de rayos X, observatorios solares…) o de la exploración del sistema solar, tanto robótica como presencial?

En primer lugar, sin la adecuada acumulación de conocimientos básicos, es imposible cualquier avance. Los sistemas de navegación, por ejemplo, no tendrían la precisión que tienen sin los relojes atómicos o el conocimiento de las leyes de la relatividad general de Einstein. De hecho no es posible concebir el avance en ningún campo del conocimiento sin un dominio profundo de las leyes de la naturaleza.

¿Es que acaso la medicina sería lo mismo sin el concurso del microscopio, los rayos X o el tratamiento de imágenes mediante ordenador? La investigación desde el espacio ha mostrado la verdadera cara del universo: activo, en el que se producen increíbles cataclismos y se liberan violentamente enormes cantidades de energía y que él mismo se expansiona aceleradamente. También ha permitido comprender mejor las propiedades del Sol y de los planetas. Dos ejemplos que afectan directamente la calidad de vida en la Tierra son los efectos de las erupciones solares y el efecto invernadero en Venus.

Tras visitar todos los rincones de la Tierra es natural que el hombre fije sus ojos en los astros del sistema solar y los perciba como su futuro hábitat, como un nuevo mundo lleno de recursos y sin las ataduras de la Tierra. A menudo se considera que viajar a la Luna es un pasatiempo inútil y caro, pero quien consiga colonizarla tendrá en su poder las mayores reservas que se conocen de helio-3, el combustible termonuclear básico. Detenerse es quedarse atrás, como lo demuestra la enérgica actividad espacial de las economías que ya han emergido. Es sorprendente que la sociedad europea, con una larga tradición de exploración, no intuya las ventajas de la investigación espacial y diseñe un programa más ambicioso.

Artículo publicado en La Vanguardia

¿Es prioritario ir al espacio? No perder nuestro mañana

El acceso al espacio ha constituido un paso esencial en nuestra carrera exploratoria y una fuente de inspiración para nuevas generaciones. Y ha supuesto un camino para el desarrollo de tecnología. El espacio posee ahora un impacto directo en la economía y en nuestras vidas en diferentes campos tan diversos como meteorología; comunicaciones; navegación y posicionamiento; observación global de nuestro planeta; ciencias básicas; ciencia de materiales; biomedicina… La investigación espacial ha desarrollado aplicaciones directas de las cuales nuestra sociedad es altamente demandante. Por ejemplo, se estima que entre el 6% y 7% del PIB europeo depende de tecnología GNSS (navegación por satélite), una cantidad equivalente a unos 800.000 millones de euros. A escala mundial esta dependencia se sitúa en tres billones de dólares. Hoy están operativos más de 600 millones de receptores de navegación por satélite en el mundo y la cifra superará los 1.000 millones en el 2020. Hasta un 67% de las startups de la Agencia Espacial Europea son compañías basadas en aplicaciones GNSS.

La investigación espacial también ha dado lugar a transferencias tecnológicas entre sectores: ESA estima que sólo en Europa el espacio ha estado generando en los últimos 20 años una nueva transferencia cada mes. Y ello a un coste para los ciudadanos más que moderado: la participación en la Estación Espacial Internacional (ISS) cuesta a cada europeo algo menos que el precio de un café al año: 1 euro al año. El espacio no es tan caro como el prejuicio que supone: los 850.000 millones de dólares del programa de rescate bancario de EE.UU. equivalen a todo el presupuesto de los 50 años de la NASA. En España y en Catalunya en particular diversas entidades dedican a esta investigación sus esfuerzos. Sin embargo, peligra nuestra participación en grandes programas ya que la contribución española a la ESA ha disminuido un 43%, situándose en poco más del centenar de millones de euros, a niveles comparables a los del 2002.

Recuerdo el discurso de Kennedy en la Universidad de Rice, Houston, en el verano de 1962, anunciando que íbamos a diseñar cohetes aún no diseñados, que lanzarían naves aún no diseñadas, para llevar al hombre a un nuevo mundo aún no explorado… y que íbamos a hacer todo eso en menos de una década. Este mensaje decía muchas cosas, y sobre todo transmitía entusiasmo por el futuro. Repasar ahora este discurso es un ejercicio interesante para la sociedad: Si perdemos el espíritu de exploración y reto, corremos el riesgo de perder nuestro mañana.

Artículo publicado en La Vanguardia

Medios y redes sociales: del amor al odio. Acrobacias con red

Las redes sociales han hecho que todo ciudadano pueda convertirse en un potencial periodista, con las ventajas e inconvenientes que ello supone. Las relaciones entre medios de comunicación y las redes sociales se mueven entre el amor y el odio, se necesitan y al tiempo se repelen. Todo porque los usuarios se han hecho más visibles y están más cerca de los contenidos

Los medios de comunicación y las redes sociales mantienen una relación tormentosa. Saben que se necesitan, aunque no ignoran que también compiten por captar la atención de los ciudadanos e incrementar sus (respectivas) influencias. Por eso se atraen con la misma intensidad –y hasta pasión– con la que se repelen –e incluso se atacan–.

En realidad, ni las compañías y grupos periodísticos ni páginas como Facebook, Google+, Pinterest o Twitter pueden adoptar estos comportamientos genuinamente humanos. Quienes de esta manera actúan son sus responsables y consumidores. No obstante, la tendencia de los internautas a identificarse de manera afectiva con cibermedios y webs sociales nos permite tomarnos esta licencia.

Sabíamos que los medios son marcas, pero es que las marcas –Apple, Yahoo!…– ahora se creen también medios. De momento ya funcionan como soporte para anunciarse. Además, se afanan para poner en circulación contenidos informativos pese a no tener tradición en el arte de destapar novedades relevantes, como el periodismo de rigor y contrastado.

Los movimientos masivos que se desarrollan alrededor de Facebook o Twitter son amplificados por los medios hasta suscitar el interés del público que todavía permanece ajeno a la efervescencia digital. Esta fórmula beneficia a las redes y, a su vez, propicia el primer uso de estos espacios virtuales por parte de las empresas informativas: como tema o motivo de noticias, reportajes y entrevistas. No hay duda de que las redes sociales venden –y ayudan a vender–, lo cual es positivo. Pero hay más.

En segundo lugar, Facebook, Twitter, Linkedin y demás se han convertido en una excelente fuente periodística. Mandatarios, políticos, deportistas, personalidades de la economía, la cultura o los espectáculos y un largo etcétera que incluye a gente corriente y organizaciones y asociaciones de todos los ámbitos se abren cotidianamente a las redes, a veces sin el asesoramiento de profesionales que les orienten acerca de lo que deben explicar y sobre cómo, cuándo y dónde hacerlo.

En el extremo opuesto de la cadena, estos sitios les sirven a los medios convencionales para difundir sus producciones a través de nuevas vías. He aquí su tercera aplicación. Cualquier editor o periodista cuenta hoy con una plataforma extra para llegar más lejos con lo transmitido por radio o televisión y lo publicado sobre papel o en línea.

Como veremos a continuación, la cuarta modalidad se asemeja a esta, sin embargo, no hay que confundirlas, puesto que no son coincidentes.

Nos referimos al empleo de las redes sociales como canal alternativo para distribuir material que no tiene cabida en el medio de referencia. Por ejemplo: tuits o entradas en el muro de Facebook sobre asuntos y cuestiones que no aparecen en el periódico, la revista, el ciberdiario, la cadena de televisión, la emisora de radio o la agencia de noticias que figura como titular del perfil. La quinta dimensión, aun siendo independiente del resto, se extiende como un manto que da cobertura a los cuatro usos reseñados. A saber, las redes son un mecanismo para seducir y/o fidelizar a una audiencia que, al intervenir de un modo activo en el proceso informativo –alimentando blogs, comentando algunas noticias, tuiteando y retuiteando otras, enviando fotografías o vídeos, colaborando en concursos…–, se siente partícipe del trabajo, las campañas, los éxitos y los fracasos corporativos.

Los directivos de los medios digitales analizan el tráfico de internautas que les derivan las redes sociales y, sea cual sea su porcentaje, lícitamente intentan que aumente. Hacen lo correcto al aliarse a quienes les vieron en su día casi como enemigos. En su aproximación se combinan una curiosidad consustancial a su oficio y un ejercicio imprescindible para fortalecerse en un entorno hostil. De hecho, muchos se están jugando la supervivencia en este campo de batalla. Conviene que los funambulistas dispongan de una red por si caen mientras caminan por la cuerda floja. Idéntico razonamiento puede extenderse al periodismo, un negocio que siempre se ha basado en ciertas acrobacias. Las empresas están aprendiendo a aprovechar la inclinación que transforma a sujetos normales en promotores, distribuidores y publicitarios de primera magnitud.

Esa actitud casa a la perfección con la apertura y la impaciencia de numerosos navegantes. Si estalla una noticia, hay quien no quiere ni puede esperar a leerla a la mañana siguiente. Aunque hay usuarios menos impetuosos, el consumidor medio que hace un hallazgo, lo discute, lo modifica… Esperar a que la radio le revele el marcador de un partido de fútbol se le antoja una hazaña.

Artículo publicado en La Vanguardia

Medios y redes sociales: del amor al odio. El público se hace visible

Vivimos en la era de las redes sociales y los medios las han integrado de formas y con velocidades muy diversas. Las tradicionales herramientas que conformaban los espacios de intercambio y diálogo han dado paso a plataformas y recursos propios de la web 2.0. Su presencia responde a diferentes estrategias, pero sobre todo al propósito de mantener trato directo con los usuarios.

Ahora bien, la inclusión de este tipo de herramientas no debe interpretarse como una garantía de apertura o participación, ya que en muchas ocasiones los cibermedios no aportan ningún feedback a las intervenciones de los usuarios.

La tendencia apunta hacia un incremento de los espacios de comunicación que conviertan el consumo de información en una experiencia social. Obligados a una convivencia que deparará interesantes sinergias, muchos cibermedios han actuado en los últimos años para posicionarse en torno a una red social.

La actual variedad de redes posibilita que los medios hayan acudido a la que más se ajusta al perfil de su audiencia, si bien un buen número de empresas periodísticas está presente en las tres más extendidas en España. Los ciberdiarios, por ejemplo, han sabido ganarse su espacio en Twitter, en gran medida porque constituye un privilegiado soporte para contar noticias de última hora o historias en directo.

En el caso de la televisión, las cadenas se han posicionado principalmente en YouTube, aunque la tendencia está cambiando. El mando ha sido sustituido por el móvil o la tableta. Las series y programas del prime time ya no se ven en solitario, se comentan en vivo con miles de televidentes a través de las redes sociales. Los tuits se suman ya a las cifras de audiencia que condicionan la popularidad de series y realities, y sirven como indicador de lo que funciona entre el público.

La participación desempeña un papel destacado también en la radio. Si bien el teléfono sigue siendo útil para impulsar la participación, cada vez más las redes son imprescindibles. Facebook es aquí la mejor aliada para crear comunidades donde compartir preferencias por un mismo programa. El debate sobre el papel de las redes sociales ha llegado a las redacciones, no sólo para afrontar un nuevo tipo de fuentes o para redefinir el papel del medio como gestor y mediador de contenidos en la web, sino también para verificar que los usuarios se han hecho más visibles y que están más cerca de los contenidos.

Artículo publicado en La Vanguardia

¿Cómo ser hombre hoy? La dignidad de ser hombre

En el pasado, los hombres y las mujeres tenían unos papeles asignados en la sociedad que estaban delimitados y claros. De un tiempo a esta parte, y gracias al avance del feminismo, los límites se están borrando y determinados roles pueden ser asumidos por uno u otra indistintamente. Pero mientras sobre la mujer se debate a menudo, no es así respecto del hombre.

Los papeles y valores que nuestra cultura ha venido asignando a la mujer y al hombre ya no son válidos. ¿Cómo somos hombres hoy? ¿Cuál es el sentido de nuestra masculinidad? ¿Cuáles son los valores que han orientado y que orientan la masculinidad individual y colectiva? Muchos hombres tienen la sensación de no haber tenido un modelo masculino suficiente. El escritor y activista Robert Bly ya lo mencionaba en su libro Iron John: una nueva visión de la masculinidad hace más de veinte años. Esta sensación provoca una cierta desorientación y una difícil respuesta a la pregunta de qué es la masculinidad hoy en día.

¿Cómo aprendemos a ser hombres? Nos criamos en un entorno femenino, pero no hay un momento en el que pasamos a formar parte del mundo masculino con la ayuda de otros hombres y de nuestro propio padre. Sería distinto si los niños hicieran algún ritual, como siguen haciendo algunas tribus indígenas -naturalmente, adaptado a nuestra sociedad-, para determinar la entrada al mundo de los hombres y aprender de su forma de ser, con el consecuente compromiso de su parte de participar más intensamente en nuestra educación.

Es cierto que hasta el presente nuestros padres han estado muy ocupados en proveer a la familia y eso ha limitado el tiempo que han compartido con nosotros. Tal vez este hecho ha dificultado una parte de nuestros aprendizajes, y ahora no sabemos muy bien cómo actuar delante de situaciones dispares, con nuestros hijos, en la competencia con otros hombres, en la relación de pareja, en la toma de decisiones o delante de las pérdidas. Sólo son algunos ejemplos, aquí cada hombre puede añadir sus situaciones importantes y plantearse cómo han influido los modelos masculinos o la ausencia de ellos en su vida.

En cualquiera de esas situaciones vivimos emociones, y este es el otro gran tema que aparece en los encuentros de hombres en los que trabajamos la búsqueda de la masculinidad contemporánea de una forma experiencial. A menudo respondemos a cómo nos manejamos con las emociones con un “como podemos”. Si las mostramos, podemos recibir juicios delante de los cuales no sabemos cómo responder.

No mostrar las emociones se convierte en un hábito que nos hace perder la consciencia de lo que sentimos. Cuando esto ocurre, no sabemos cuáles son nuestras necesidades y eso implica, a la larga, pagar un precio que puede ser la insatisfacción, la infelicidad u otros estados similares. Por este motivo incluimos en los encuentros trabajos con la ternura y la agresividad.

Está claro que sentimos ternura en muchas situaciones, pero nos desorientamos cuando los demás lo perciben. Parece que el aprendizaje es que los hombres no muestran eso salvo en contadas ocasiones y en muchas de ellas sólo a las mujeres. Con ellas es más fácil porque en general es de la madre de quien la hemos recibido y aprendido. Cuando mostramos y compartimos la ternura con otros hombres, sentimos cercanía, comprensión, pertenencia, una gran dosis de descanso y la prueba de lo bien que sienta mostrar emociones y desatender a los posibles juicios hechos por otro hombre, con el resultado final de sentirnos más libres y auténticos.

Cuando trabajamos con la agresividad, entendemos que es el motor que nos lleva a la fuerza, al dinamismo, a la creatividad, a la determinación, a la audacia, al atrevimiento, a poner límites… y podríamos seguir poniendo ejemplos en positivo. Es importante diferenciar esta definición de la que también viene en el diccionario y que tiene que ver con la tendencia a la violencia. Es importante hablar de agresividad porque desde pequeños escuchamos “los niños son agresivos” y sí, es cierto, pero ¿quién dice que eso sea negativo? Químicamente hablando, la testosterona, que producimos en muchísima más cantidad que las mujeres, conlleva agresividad. Entonces, aceptémoslo y mandemos mensajes positivos sobre este hecho natural y biológico a nuestros hijos.

Es interesante trabajar con estas dos emociones entre hombres: nos sentimos más libres, más claros, entendemos mejor nuestras reacciones, comprendemos que mostrar la ternura y sentir la agresividad es algo que nos libera. Dejando claro que nos reconocemos en la agresividad y no en la violencia, aunque a base de reprimir esa agresividad positiva, a veces, nos ponemos violentos.

Para mí, la masculinidad contemporánea implica mostrarse desde lo emocional, decidir qué quiero dejar como legado de mi paso por el mundo y seguir planteándome e investigando cómo quiero ser como hombre, dándome el permiso para cambiar de opinión y teniendo claro en cada momento o época de mi vida cuál es mi respuesta a cualquier input de mi entorno, y todo esto siendo fiel a mis valores.

Artículo publicado en La Vanguardia

¿Cómo ser hombre hoy? Nuevas aportaciones

A pesar de los progresos sociales de este siglo, aún parece difícil reconocer el concepto de masculinidad en el sentido amplio de la palabra. La visión predominante sobre la masculinidad sigue reduciéndose al papel patriarcal protector, o bien al que parece anacrónico macho dominante. Eso es una pérdida para la riqueza humana.

Hay que matizar que cuando hablamos de masculinidad nos referimos a la dimensión masculina de las personas, una dimensión que ha sido asociada tradicionalmente al papel de los hombres pero que también puede ser ejercida por mujeres. Tomemos como ejemplo el papel tradicional del padre ausente que el psicólogo James Hillman menciona en El código del alma. El padre ausente está tan pendiente –física o mentalmente– de la esfera pública que no presta atención a detalles básicos del cuidado del recién nacido. Esta actitud, asociada habitualmente al sexo masculino, es la que permite mantener conectada la familia con el exterior y contrarrestar la tendencia a concentrar la atención en la esfera interior, lo que está más asociado al sexo femenino. Como comprobamos en Innova acompañando a directivos y directivas en sus papeles, las capacidades mencionadas –ambas, igualmente necesarias– se están disociando cada vez más del sexo y son ejercidas indistintamente por hombres y por mujeres. Sin embargo, pesa todavía el inconsciente colectivo. El hombre tiene que cargar con características con las que no queremos o no podemos lidiar colectivamente. Por ejemplo, se le sigue aislando en su individualidad heroica, lo que nos permite creer –todavía– en su omnipotencia protectora, pero de este modo se le incapacita para reconocer cuándo necesita ayuda de otros.

Como decía el psicoanalista Wilfred Bion, la naturaleza humana es social. Desde que nacemos vivimos interdependientemente de otros. Aun así, sin darnos cuenta, podemos seguir esperando de los hombres una tarea imposible: que se comporten como si fuesen independientes del contexto, seguros de sí mismos en entornos ambiguos e inflexibles en sus decisiones y que innoven. Tomemos la política como ejemplo, tomemos la visión sobre papeles masculinos de poder, ¿qué político se atrevería a reconocer que no sabe cómo salir de la crisis solo, sin miedo a perder su autoridad frente a los y las votantes? Quizá este sería el inicio del reconocimiento de las capacidades de la nueva masculinidad y de la posibilidad de su contribución para generar conjuntamente nuevos modelos de relación más ricos e igualitarios.

Artículo publicado en La Vanguardia

Nuevos modelos de familia. Fichas del puzle con buen encaje

En nuestra sociedad el modelo clásico de familia ha adoptado nuevas formas y está en constante evolución: monoparentales, homoparentales, reconstituidas… Los nuevos modelos son como puzles en los que todas las piezas deben encajar. La institución familiar se adapta al desarrollo tecnológico, social, a la globalización… aspectos que han influido en sus patrones clásicos.

Durante las últimas décadas estamos asistiendo a múltiples cambios: el importante desarrollo de las tecnologías, la globalización mundial y la incorporación de la mujer al mundo laboral, sin olvidar el efecto asolador de la crisis. Estos avances, en todos sus órdenes, han modificado los patrones clásicos de modelo familiar, al considerarse la familia como una institución que se adapta al contexto social. Así, el arquetipo básico por excelencia en las sociedades tradicionales, compuesto por los padres y los hijos y/o la familia extensa (formada por parientes de distintas generaciones), deja paso, en las sociedades industrializadas, a un aumento de familias monoparentales (un progenitor y uno o varios hijos) y homoparentales, si la legislación de aquella sociedad reconoce el matrimonio homosexual. Con relativa facilidad podemos encontrar una organización familiar compuesta por un adulto viudo con dos hijos de su primer matrimonio, que forma una familia reconstituida con una mujer, que puede ser de una nacionalidad distinta de la del hombre, que aporta un hijo, y que juntos deciden a su vez tener descendencia, o bien adoptar a un niño. Además, pueden fijar su residencia conjuntamente o mantener simultáneamente dos hogares. Necesariamente, y unido a este desarrollo tecnológico, social y familiar, ha tenido que darse un progresivo cambio de valores que permitiese la entrada de estos nuevos modelos de convivencia. El paulatino abandono del componente religioso, como parte importante del esquema de estructuración familiar y social, ha liberado a los matrimonios de su carácter duradero, lo que facilita la aparición de las familias mono y homoparentales. Por otro lado, la conciencia de una mayor igualdad hombre-mujer, tanto en el acceso al entorno laboral como en cuanto al reparto de las tareas domésticas y de guarda de los hijos, ha posibilitado combinaciones ajustadas a cada ciclo de vida familiar, con una distribución más equitativa de funciones. Otro de los valores en alza, ya mencionado, es la diversidad que ha favorecido la creación de familias multiculturales, impulsadas por el paso de un pensamiento tradicional a otro más abierto, gestado por el continuo bombardeo de las informaciones sobre otras culturas, el acceso a otros países a un coste asequible y el incremento de la inmigración.

Sin embargo, estos cambios no son fáciles de aceptar por todas las personas, ya que requieren un proceso para desmontar aquellos esquemas que para ellas han funcionado hasta el día de hoy, y volver a construir las bases que les hagan entender este mundo vertiginoso.

La proliferación de infinitas variantes de reorganización familiar y las novedosas formas de convivencia implican una alta capacidad de gestión de las relaciones personales, ya que tanto los adultos como los menores tendrán que convivir en domicilios con niños con diferentes edades, de distintos padres, con pautas educativas, alimentarias y creencias religiosas, que pueden no ser similares, en espacios adaptados a la situación económica (mayoritariamente pequeños), con una logística supuestamente más compleja que la de una familia tradicional.

Las familias actuales son como puzles compuestos por maravillosas y múltiples fichas con distintas caras, emociones y sentimientos, con sus necesidades, aspiraciones y metas, que se vincularán, con diferente intensidad, con cada una de las fichas ya existentes. Los niños son piezas pequeñas que se mueven con la inercia de otras más grandes, y que por ello pueden ser más vulnerables. Sin embargo, su rol es primordial ya que confieren sentido al puzle, cohesionan las fichas entre sí, y son los que transportarán fuera de la familia los valores inculcados, en el momento en que formen su propio puzle. Y no nos olvidemos de los singles, piezas únicas que a veces encajan un ratito con una pieza, o un puzle y a veces se desenganchan para no volver jamás.

Una estrategia inteligente a nivel familiar consiste en pensar de forma altruista y generosa en: cómo puedo ayudar a unir las fichas de mi puzle cuando no todas encajan por naturaleza, qué debo mover para facilitar la armonía entre ellas. La creación de un baile, entendido como un fluir de relaciones y una correcta gestión de las mismas, en el que se acepta la incorporación de nuevas fichas, se entiende el vacío que dejan las que parten, y se cuenta con lo positivo que cada pieza puede aportar, evita caer en el gran peligro de hoy en día: la fractura familiar, el desentendimiento y las constantes tensiones.

Ya que no existen ni tipos de familia mejores ni peores, sino modalidades más o menos adaptativas en función de cada uno de los momentos o etapas vitales, ¡esforcémonos en endulzar nuestro propio tetris familiar actual!

Artículo publicado en La Vanguardia

Nuevos modelos de familia. En constante evolución

El concepto legal de familia se basa en un patrón cultural, constitucional, abierto y plural adaptable a las necesidades sociales de cada momento. Está formada por el conjunto de las relaciones derivadas del parentesco así como las provenientes de las formas de constitución y organización del grupo familiar a las que la ley reconoce ciertos efectos, deberes, derechos y obligaciones.
Se diferencian varios tipos de familia: la tradicional es la troncal basada en funciones reproductivas, protectoras y educativas, donde la mujer se asocia a la casa y la familia y el hombre a la protección de los hijos y de la esposa; la nuclear extendida, formada por padre, madre e hijos, se basa en un sistema conyugal, parental, filial fraternal, abuelos; la familia monoparental, formada solamente por padre o madre; también la familia rota, incompleta o disfuncional: viuda, soltero, divorciado. Las uniones de hecho son parejas que viven en común unidas por vínculos afectivos o sexuales incluyendo la posibilidad de tener hijos pero sin matrimonio, caracterizándose por una convivencia emocional con acuerdos económicos. Las parejas homosexuales se definen como aquellas en las que existe libertad para elegir la opción de vida a nivel emocional y sexual. Por último, las familias reconstituidas en la que uno de los cónyuges proviene de una familia anterior y uno de los dos tiene tutela de los hijos o que ambos tengan hijos comunes.
El concepto de familia ha evolucionado, se ha producido una clara pérdida de las funciones tradicionales, se da una contracción en torno al núcleo familiar estricto y cambios de mentalidad y control de la natalidad. Estas circunstancias conllevan que las tendencias actuales en el concepto de familia se caractericen por una mayor autonomía de la voluntad en los pactos que afectan a los miembros, en el establecimiento de los vínculos emocionales y en la forma de resolución de los conflictos con la mediación, acuerdos, arbitraje. En segundo lugar, con la mayor relevancia del elemento afectivo como constitutivo de la familia: desconexión entre el matrimonio y la procreación, se admite matrimonio homosexual y la capacidad matrimonial transexual.
Es esencial la incidencia de los avances médicos y tecnológicos con la redefinición de la verdad biológica en la relación de filiación y en la reproducción humana; y la extensión del principio de igualdad entre los miembros de la pareja, se establece la igualdad de los hijos, existe solidaridad entre los miembros y en las relaciones familiares y aumenta la diversidad y tolerancia.

Artículo publicado en La Vanguardia

El ángel de la prisión

Antonia Brennner (1926-2013)
Religiosa norteamericana
La historia de su vida fue retratada en un libro y en un documental, y no pasará mucho tiempo antes de que sea contada en un largometraje de ficción. Se llamaba Antonia Brenner, pero para los presos de una peligrosa cárcel de Tijuana a la que se mudó por propia voluntad más de 30 años atrás, esta monja norteamericana era simplemente la Mama o el Ángel de la Prisión.
Nacida como Mary Clarke en la parte más rica de Beverly Hills, disfrutó de una vida de privilegios, en la que se casó dos veces y tuvo siete hijos. Pero después de cumplir los 50 años, cuando el menor se marchó de la casa, decidió que era hora de entregar su vida a Dios y se convirtió en monja. Familiarizada con la prisión de La Mesa debido a sus actos de beneficencia, en el año 1977 decidió mudarse allí, donde vivió en una celda común, con las mismas incomodidades que los presos allí recluidos, hasta que su delicado estado de salud le obligó a trasladarse a la sede de su orden religiosa en Tijuana, donde falleció el pasado 17 de octubre.
Hija de un inmigrante irlandés que se hizo rico vendiendo artículos para oficina, de niña tuvo como vecinos a Cary Grant y otras celebridades. Aunque nunca quiso hablar mucho de su vida antes de tomar los hábitos, se sabe que se casó dos veces y tuvo siete hijos, cuatro chicas y tres varones, y que en esos años trabajó intensamente en obras de caridad.
Sin embargo, siempre quiso dar más que dinero, y por eso en la década de los sesenta empezó a viajar a México, aún como laica, para llevar a cabo trabajo social. Su mirada del mundo cambió radicalmente cuando un sacerdote la invitó a visitar la prisión estatal de La Mesa, en Tijuana, que aloja a unos 8.000 presos entre asesinos, pandilleros, violadores y otros delincuentes peligrosos.
En una entrevista concedida a Los Angeles Times en 1982, quien se hacía llamar Madre Antonia explicó: “Algo me ocurrió cuando vi a estos hombres detrás de las rejas. Cuando me fui, me quedé pensando en ellos. Si tenía frío, me preguntaba qué sentirían ellos; si estaba lloviendo, me cuestionaba si tenían donde protegerse, si tenían medicinas y cómo lo estarían pasando sus familias. Cuando regresé a la prisión para quedarme a vivir allí, sentí que volvía a casa”.
Respetada por carceleros y detenidos por igual, era capaz de detener peleas y motines, y sólo dejaba la prisión para los viajes que hacía a California con el fin de recaudar donaciones para la orden religiosa que fundó en Tijuana, las Siervas Eudistas de la Séptima Hora, una congregación de mujeres maduras interesadas en ayudar a los desamparados.
De pequeña estatura y llamativos ojos azul celeste, siempre enfundada en los tradicionales hábitos, la monja solía pasear por la prisión con una sonrisa en los labios, concediendo una oración a quien se la pidiera. Pero, además, repartía todo tipo de insumos esenciales entre los detenidos y les ayudaba en todo lo que podía. Aun así, no dejaba de hablarles de sus víctimas y de recordarles que sus acciones habían sido equivocadas. En el año 2007, la calle que conduce a la prisión fue rebautizada por las autoridades como Madre Antonia.

Artículo publicado en La Vanguardia.

Juego y aprendizaje. Niños jugando: pequeños emprendedores

Los niños de los últimos veinte años se están perdiendo lo mejor del juego: descubrir el mundo, adentrarse en la realidad. Son niños programados para un sinfín de actividades que les han apartado del ocio de siempre, de la naturaleza, la soledad y el silencio. Las estridentes pantallas interrumpen el aprendizaje lento de todo lo maravilloso que hay que descubrir por primera vez.

Numerosos estudios señalan que los niños (de entre 3 y 7 años) de las últimas décadas son menos activos y pasan mucho menos tiempo que anteriores generaciones en espacios abiertos y en la naturaleza. Estos niños desarrollan, a menudo, estilos de vida muy sedentarios ligados a un consumo excesivo de televisión y videojuegos. La investigación está demostrando que el juego no estructurado en entornos naturales, o abiertos e inspiradores, aumenta la autoeficacia de los niños, entendida esta como la consciencia de la propia capacidad/habilidad de resolver problemas y de alcanzar objetivos. Una autoeficacia que va a dinamizar algunas funciones ejecutivas como: a) la capacidad de fijar metas; b) de inhibir la respuesta y evitar la impulsividad; c) de focalizar la atención, y d) de perseverar en la acción.

La total ausencia de juego libre en entornos naturales, o por lo menos en entornos amplios y atractivos, podría suponer consecuencias en su desarrollo cognitivo, en la maduración neuronal, es decir, en el despliegue del propio talento. La investigación señala incluso que el juego en estos entornos reduce los síntomas del déficit de atención en algunos niños. En general crece la sociabilidad y se mejora, para poner un ejemplo, en asuntos tan vitales como respetar los turnos del juego sin perder el control.

Además, se ha constatado el hecho de que el exceso de pantallas va ligado a menudo al consumo de alimentos muy calóricos. En España se ha triplicado en los últimos treinta años el número de niños con sobrepeso (que llegan al 26,1%) u obesos (que llegan al 19,1%). El niño que juega en entornos abiertos/naturales gana en experiencias llenas de realidad y sobre todo despliega actividad física. Por su parte, el niño pasivo, cuando la sobreestimulación de las pantallas desaparece, puede convertirse en un ser que anda entre el aburrimiento y la ansiosa búsqueda de nuevos estímulos externos reclamando mucha atención de los adultos. Existen investigaciones que señalan que el exceso de exposición a las pantallas podría suponer problemas de atención a partir de los 7 años.

El juego infantil es aprendizaje. John Dewey, Maria Montessori, Jean Piaget, Lev Vigotsky o Jérôme Bruner, entre muchos otros expertos, psicólogos y pedagogos, señalan como el juego está detrás del desarrollo de las funciones cognitivas, del lenguaje, de la maduración motora. Sin embargo, parece que muchos padres y algunas escuelas no se lo creen, o por lo menos actúan como si no se lo creyeran.

Los niños de estas edades quieren jugar para saberse capaces, lograr que las cosas funcionen, construir artefactos que les hablen de sus progresos: quieren resultados, logros (un ejemplo casi universal es que a los niños les gusta construir cabañas en entornos naturales). Y esos logros son motivadores y nacen de poner atención y esfuerzo en actividades a menudo diseñadas por ellos mismos y en otras ocasiones sugeridas por cuidadores (padres, maestros, monitores). Otros niños más pasivos intentan menos cosas pues tienen menos éxito en sus iniciativas quizá por falta de confianza o de entrenamiento. A menudo también por la baja calidad de sus funciones ejecutivas: son niños pasivos que podrían decirse a sí mismos: “Como nunca me sale nada bien, mejor no lo intento”. El filósofo y pedagogo José Antonio Marina relaciona las funciones ejecutivas con un concepto global, la inteligencia ejecutiva, título de su reciente libro. Da que pensar.

Para estos niños, vencer cada reto es un nuevo juego con agradables recompensas. Sin embargo, los desafíos que plantean las pantallas, sobre todo los videojuegos, son menos estimulantes y a menudo más solitarios. Ante la consola pueden prosperar las habilidades visomanuales, entre otras, y existen destacables videojuegos educativos: pero son la solución de un momento. Lo que el mismo niño quiere, desea, elige, si le dan la oportunidad, es el juego libre, a veces dirigido, en entornos abiertos. Allí focalizan sus intereses y descubren aspectos ante los cuales quedan prendados, asombrados. Tal como señala Catherine L’Ecuyer en su libro Educar en el asombro: “El asombro tiene un papel clave en el aprendizaje del niño”.

Para los niños, la belleza, el silencio y la aventura desencadenan auténticos torrentes de intereses y preguntas que están ausentes ante una pantalla que sobreestimula sin invitar a la acción y a la pregunta. En un tono más ensayístico y metafórico se podría decir que, antes de que las pantallas les hagan enmudecer, muchos niños, si juegan de verdad, son pequeños emprendedores llenos de curiosidad e ideas.

Artículo publicado en La Vanguardia

Juego y aprendizaje. Aprender desde el asombro

El aprendizaje se inicia desde dentro de la persona, o desde fuera? Platón decía que el asombro era el principio de la filosofía. La constatación de que algo es, mientras podría no ser. Tomás de Aquino hablaba del asombro como “el deseo para el conocimiento” y Chesterton decía que “del asombro parte la llama que ilumina los cuentos de hadas”.

Por otro lado, Dan Siegel, neurocientífico americano, afirma que existe algo más allá de la organización neurológica, una realidad intangible que actúa como motor de la persona. Según él, estaríamos a la expectativa del entorno, pero no completamente dependientes de ello. Y si es así, entendemos perfectamente el mecanismo por el que los niños que juegan aprenden más fácilmente que los que están entretenidos desde fuera hacia dentro.

Cuando se plantea el aprendizaje desde fuera hacia dentro, llenando la agenda de un sinfín de actividades estructuradas, los estímulos lo hacen todo por el niño porque sustituyen al asombro. El niño se acostumbra a niveles de estímulos cada vez más altos, por lo que su entorno cotidiano finalmente le aburre.

Esfuerzo y disciplina deben ir delante del caos controlado del juego libre, a través del cual la persona aprende desde la invención y el descubrimiento. El juego libre se caracteriza por el silencio que permite la reflexión y la concentración, imprescindible para la asimilación de los aprendizajes. El ruido continuo de las pantallas impide a nuestros hijos saborear la fibra misma de la vida y asombrarse por su belleza intrínseca, menos ruidosa pero no por ello menos importante. Así que cuando nuestros hijos se encuentran en la naturaleza, primera ventana de asombro de la infancia, y se sorprenden por el mero hecho de que la luna exista, ¡es que están filosofando! Es posible que lo veamos como una pérdida de tiempo, en el mundo frenético y utilitarista en el que estamos inmersos. Este asombro por lo que les rodea es lo que les llevará a ser ingeniosos, creativos. Desde el asombro, mirarán al cielo buscando explicación por la desaparición del humo que sale de las chimeneas, acercarán las hojas a las pinzas de la tijereta para ver si se hace con ellas y en la playa empezarán a inventarse tesoros por excavar. Todas estas preguntas y aventuras que parten del asombro de nuestros pequeños filósofos, si encuentran un entorno fértil en el juego libre, son el preámbulo de una reflexión aún más profunda sobre los misterios y las leyes de nuestro mundo.

Artículo publicado en La Vanguardia

El miedo al diferente. La amenaza de lo desconocido

El ser humano es un ser racional cuyo instinto le lleva a preservar su identidad de grupo. El extraño, el diferente, el que viene de fuera o está fuera se puede percibir como una amenaza que provoca un sentimiento de rechazo que se puede explicar psicológicamente y hasta comprender, pero nunca justificar. En nuestra sociedad los más fuertes se imponen sobre los débiles.

En un crudo día invernal, para defenderse del frío y de la nieve, los puercoespines de una manada se apretaron unos contra otros para prestarse calor. Pero, al juntarse, se hirieron con sus púas y tuvieron que separarse. Obligados por el frío de nuevo a estrecharse volvieron a pincharse y a distanciarse. Las alternativas de aproximación y alejamiento duraron hasta que encontraron una distancia media en la que tanto el frío como las heridas resultaban mitigados”.

Esta breve historia de la sociedad de los puercoespines la extrae Sigmund Freud de un texto de Schopenhauer para mostrar lo difícil que es soportar la proximidad íntima con el semejante (relaciones conyugales, de amistad, fraternales…) y señala que tiene un fondo hostil igual que los grupos étnicos: “El alemán del sur no puede aguantar al del norte, ni el inglés al escocés…”. La clave del asunto radica en que mientras se mantiene la distancia se soporta bien la amenaza que implica la proximidad del otro, pero el problema se plantea cuando se produce la mezcla y entonces el otro aparece como el extranjero, “como el que viene a quitarnos los puestos de trabajo, a disfrutar de nuestras mujeres…” en palabras del padre del psicoanálisis. Son las pequeñas diferencias entre las personas las que forman la base de los sentimientos de extrañeza y hostilidad, pues el temor a lo diferente no está en proporción con el grado de diferencia objetiva entre seres humanos sino con la diferencia emocional que propicia la necesidad de conformismo y adaptación a un grupo. Entonces la diferencia es interpretada como un ataque a la identidad y mediante la identidad de grupo se experimenta el sentimiento de identificación: si yo pertenezco al grupo A no me siento miembro del B, al que veo claramente peor.

Desde la psicología profunda vemos que la dificultad del ser humano para enfrentar lo distinto está marcada por el descubrimiento de la diferencia de sexos: El niño, hacia los cuatro años, descubre las diferencias anatómicas y se identifica con un sexo, de modo que la percepción del otro como distinto le produce angustia. En el extremo enfermizo de esta percepción del desigual resulta que el distinto es alguien que debe ser negado o eliminado. San Agustín de Hipona, en la edad media, decía de las mujeres: “Las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones”. El santo atribuía sus erecciones a las mujeres, a las que consideraba la tentación y el pecado. La mujer es la culpable, la mujer es pecado. Y este temor a la diferencia continúa vigente: se sigue lapidando a las mujeres por el mero hecho de serlo. A menudo, en la práctica clínica con personas con síndrome de Down he visto como la comunicación del diagnóstico de discapacidad impide a los padres ver al niño que hay detrás del síndrome. El niño es diferente y esa diferencia dispara todo tipo de fantasías. Si en el imperio romano se les sacrificaba, actualmente todavía no acabamos de aceptarlos como al resto de las personas y vemos en ellos más la diferencia que lo que tenemos en común.

No se puede hablar del temor a la diferencia sin abordar el concepto de prejuicio. El prejuicio es una actitud de hostilidad en las relaciones interpersonales dirigida a un grupo o a las personas que lo componen. Y es curioso observar cómo el prejuicio puede llevar a asumir una actitud hostil frente a un colectivo sin haber tratado jamás a una persona perteneciente al grupo denostado: gitanos, judíos, musulmanes, sudamericanos, catalanes…

La suma del prejuicio y el temor a lo diferente remite al concepto de xenofobia, entendida como el miedo, hostilidad u odio al extranjero. Probablemente sus raíces se encuentren en nuestra hominización. La organización tribal conllevaría enfrentamientos y exterminios entre tribus vecinas. El sentimiento xenófobo y la prevención frente al extranjero serían rasgos evolutivos arcaicos. El extranjero formaría parte de la no pertenencia, de lo no familiar y habría que atacarle. Y es que la violencia humana es estructural e incluye luchas fratricidas; lo explica la historia, de tal suerte que uno de los grandes mitos de la historia del odio es la fábula bíblica que expresa que procedemos de un asesinato: el de Caín y Abel, provocado por la mirada preferente de Dios.

Los grupos humanos necesitan formar círculos reducidos para canalizar la pulsión de destrucción, convirtiendo en enemigos a quienes se sitúan en el exterior del círculo. Estos mecanismos llevados al extremo son el germen del fanatismo y de los fundamentalismos de cualquier índole, siempre intransigentes con cualquier disidente.

Sin embargo, no hay que confundirse: entender los mecanismos que nos llevan a segregar al otro no justifica el comportamiento xenófobo. Por encima de todo, somos racionales.

Artículo publicado en La Vanguardia

El miedo al diferente. Dominación y exclusión

Las sociedades se han construido siempre a partir de las relaciones de dominación y obediencia colectiva. Este mecanismo opera de maneras obvias o sutiles, pero siempre con un patrón común: una mayoría numérica establece unos rasgos cualitativos que se tienen que cumplir para ser aceptado y delimita las diferencias excluyentes que identifican y clasifican a los segregados.
Entendemos la inclusión y la exclusión social como procesos de estructuración necesarios de los grupos sociales (grandes y pequeños), sin olvidar que surgen de las actitudes individuales expresadas en la diversidad social. El conocimiento o desconocimiento que tenemos del otro, creencias acertadas o equívocas que les atribuimos, percepciones que tenemos… son las informaciones con las que analizamos su realidad. Si añadimos los sentimientos que nos suscita su confrontación (tristeza, asco, miedo, rabia…), tenemos los ingredientes básicos que predisponen para responder con una acción: ayudar, coaccionar, respetar, rechazar, maltratar… Harry C. Triandis define de esta manera cualquier actitud individual ante la realidad social.

La cultura, la economía, la política, las ideologías ofrecen los pretextos que hacen posible la organización social: el género, la raza, el sexo, la religión, la salud, el territorio, la alimentación, el fútbol… sí, sí, también son excusas con las que todo el mundo se identifica o distancia del vecino del lado y se crean grupos sociales. ¿De qué sino los celíacos pagan más caro su pan de cada día, existen escuelas de educación especial, o un equipo de fútbol es más que un club?

Al socializar inquietudes y anhelos, consensuamos las actitudes individuales creando estereotipos, prejuicios, valores y creencias hacia la diferencia. Estos elementos protegen y benefician a una mayoría dominante, mientras obvian o perjudican a las minorías discriminadas. La seguridad, la supervivencia, la ambición o la idealización legitiman todo hito común pero también cualquier injusticia, discriminación o violencia.

Participando de los prejuicios de segregación a menudo aceptamos cierta alienación de nuestros posicionamientos personales, determinando el grado de coherencia, renuncia, contradicción o hipocresía que cada uno tolerará. Las condiciones de cada momento harán que necesitemos revisar el tipo de sociedad que hemos construido, normalizando los malestares, denunciando las injusticias o cometiendo las peores atrocidades de la historia. Llegados a este punto, evitemos el pensamiento único y revisemos nuestra ética individual y colectiva.

Artículo publicado en La Vanguardia

¿Es necesario sufrir para morir? La medicina, contra el dolor

En nuestra cultura se habla poco de la muerte, un tema que se evita: “Nuestro amigo se fue”, se dice. Por la misma causa pero en menor medida se hace difícil decir claramente que queremos morir sin sufrir, que tememos al sufrimiento y que es preferible morir que vivir con dolor insoportable. ¿Es misión de la medicina ayudar a morir bien y sin dolor? Parece que sí. ¿O no?

El ejercicio de la medicina para el bien del enfermo ha cambiado mucho en estos últimos cincuenta años. Uno de los cambios fundamentales ha sido el que se conoce como la medicina basada en la evidencia o en la prueba. Actualmente sólo se acepta que la práctica médica se fundamente en aquello que está suficientemente probado y no se acepta que el ejercicio se base en la inspiración, la buena voluntad, las impresiones, la tradición o cosas parecidas. Solamente se puede aplicar lo que ha quedado suficientemente probado y si se demuestra que algo no va bien se debe abandonar.

Otro cambio, otro grande avance en el que todavía hay mucho a mejorar ha consistido en la determinación –muy clara por parte de los médicos y de la enfermería– de combatir decididamente el dolor de los pacientes. Un comportamiento que como se puede comprender es muy importante a la hora de morir. Tenemos que poder morir sin dolor o con el mínimo dolor posible. Dolor de todo tipo: espiritual, mental y corporal.
En nuestra cultura de raíces cristianas la ideología religiosa ha tenido un peso notabilísimo construyendo ideas sobre el dolor y de sí lo teníamos que aceptar o no. Durante muchos siglos la consideración sobre el dolor, como sobre la mayoría de cuestiones importantes, ha estado determinada y dominada por ideas o ideologías que no siempre han sido favorables para la vida humana. Desde el siglo XV, desde el Renacimiento, una parte de la ideología ha ido cambiando y, poco a poco, con sacrificios y dificultades, la humanidad ha ido aprendiendo que la vida de las mujeres y de los hombres era más importante que las ideologías. Dicho de otra forma, desde el siglo XV las ideologías que eran favorables al dolor o que no permitían combatirlo de manera decidida han ido perdiendo valor porque la voz de las personas que no querían sufrir ya no se podía dejar de escuchar cómo había pasado durante la edad antigua y media.
Por fin hoy día entendemos y aceptamos –así lo piensan muchos cristianos– que Jesús no quería sufrir, no quería la cruz. Murió torturado para evitar traicionar su mensaje, pero hubiera querido acabar de otra forma. Fueron teólogos y eclesiásticos posteriores a él los que relacionaron redención y dolor, pero esta no era exactamente la teología de Jesús. El Dios de Jesús no pide el dolor para salvarse, con la contrición y la enmienda hay bastante, pero el Dios del apóstol Pablo, más próximo al Dios terrible del Antiguo Testamento, reclama el dolor para la salvación empezando por el martirio expiatorio de Jesús.
Precisamente, Jesús, según mi opinión, fue de todos los grandes personajes conocidos el religioso más atento al dolor de la humanidad. Él siempre se dolía del dolor de los otros, de todo tipo de dolor, e intentaba aportar remedio y si no podía, consuelo. Los médicos creyentes que no son lo bastante sensibles al dolor de los pacientes harían bien al examinar de nuevo esta actitud de Jesús. Nos harían un favor a todos y contribuirían a extender la decisión de combatir siempre el dolor.
En nuestro siglo el mejor ejercicio de la medicina se fundamenta, primero, en la capacitación científica y técnica del médico y después en el respeto y la compasión por el enfermo. Del respeto y la compasión se deriva la enemistad que el médico debe tener contra el dolor ya que la inmensa mayoría de pacientes no quieren sufrir. Como el médico tiene que combatir el dolor no me fío de los colegas que no lo combaten decididamente o son conniventes. Yo no los quiero como médicos para mí.
En mi libro sobre la felicidad y el dolor, en el último capítulo, dedicado a la muerte, escribía: “Cuando estamos bien o bastante bien no deseamos morir, y en esta situación sentimos y pensamos que la muerte es inoportuna, pues como ya se ha dicho la afección , el apego, a la vida es fuerte. Cuando no estamos bien porque sufrimos algún tipo de dolor, solemos esperar a que cese o disminuya para poder seguir viviendo de la mejor manera posible. Al contrario, cuando el sufrimiento es muy intenso y tenemos la seguridad de que este dolor no va a remitir, deseamos morir pronto.
La mayoría de enfermos terminales, si el dolor y otros síntomas corporales, también dolorosos, como el ahogo, están controlados y no son demasiado intensos, desean seguir viviendo aunque solamente sea unos días o semanas; la situación suele cambiar cuando el paciente siente que su sufrimiento se intensifica y asume que el tiempo no va a mitigarlo. El cansancio de vivir con un dolor que ya no tiene remedio origina el deseo de descansar. Poder descansar suele ser el último de nuestros deseos”. Actualmente la medicina paliativa, bien implantada en Catalunya, dedica todos sus esfuerzos a evitar que los enfermos sufran innecesariamente al final de la vida cuando ha llegado la hora de morir.



Artículo publicado en La Vanguardia

¿Es necesario sufrir para morir? Atención paliativa

El 75% de la población de nuestro país muere a causa de una o varias enfermedades crónicas progresivas, y alrededor de 100.000 personas las padecen de manera simultánea. Sus causas más frecuentes son la combinación de condiciones como la fragilidad avanzada y varias enfermedades crónicas, el cáncer, las neurológicas progresivas (fundamentalmente, demencias), y las llamadas insuficiencias orgánicas (cardiaca, respiratoria, renal…). Cursan con deterioro progresivo, síntomas múltiples, frecuentes crisis de necesidades de todo tipo (físicas, emocionales, sociales…), y algunas de las que definimos como esenciales (espiritualidad, dignidad, autonomía, afecto, esperanza…) y que generan impacto emocional y sufrimiento, y una alta necesidad y demanda de atención, con uso frecuente de recursos sanitarios.

El final de la vida es una experiencia personal siempre difícil, y requiere una atención orientada a favorecer la adaptación emocional al proceso de pérdidas, apoyar a la familia, y crear unas condiciones de soporte y organización que respondan a las necesidades y demandas de pacientes y familias. Entre los instrumentos de la atención paliativa, el control efectivo de síntomas como el dolor es un paradigma de la buena atención, y disponemos de metodología muy eficaz para controlarlo en la mayoría de casos. El apoyo a la familia incluye la promoción de la capacidad cuidadora, la adaptación a la pérdida y la prevención del duelo complicado. También hemos ido avanzando en la resolución de la mayoría de dilemas éticos del final de la vida, aplicando principios de buena praxis y sentido común. En nuestro país hay experiencias sólidas consolidadas de excelencia de la atención paliativa, de las que Catalunya es un referente mundial.

Los principios de una atención paliativa forman –y deben formar– parte de la esencia de la medicina, asociando una competencia profesional sólida a valores como los de la compasión y el compromiso con los pacientes y sus familias, la comunicación efectiva, la capacidad de trabajar en equipos multidisciplinares, y una organización orientada a los objetivos de los pacientes y familias. Con una buena combinación de todos ellos, se puede alcanzar una atención de excelencia y de ética de máximos, que alivie el sufrimiento, que permita que el siempre complejo proceso de morir se viva dignamente, de acuerdo con los valores y preferencias de cada uno. La práctica de la atención paliativa da sentido profundo a la medicina, combinando los avances en tecnología con los mejores valores de nuestra tradición humanista.

Artículo publicado en La Vanguardia

El patriarca budista, líder supremo del budismo en Tailandia

En el año 2012 la Conferencia Mundial Budista lo nombró Santidad Suprema
En un país donde el 95 por ciento de la población es budista practicante, la muerte del líder supremo espiritual es algo más que el fallecimiento de una autoridad religiosa. Este ha sido el caso de la defunción de Somdet Phra Nyanasamvara, el patriarca del budismo tailandés, que murió el 24 de octubre en el hospital Chulalongkorn de Bangkok, a la edad de 100 años, debido a una infección sanguínea.

Tras conocerse su muerte, la policía del país pidió a bares, discotecas y otros lugares de ocio que no organizaran conciertos, ni bailes durante dos semanas, en señal de respeto. El Gobierno ha pedido a los funcionarios y a la población general guardar un mes de luto.

Y el propio rey de Tailandia, Bhumibol Adulyadej, quien pasó una temporada como monje bajo la guía de Nyanasamvara, ordenó 30 días de luto en el Palacio Real y encomendó que los restos del patriarca budista descansaran en el templo Bowon Niwet de la capital.

Charoen Gajavatra, que era su nombre real, nació el 3 de octubre de 1913 en la provincia de Kanchanaburi, en el oeste de Tailandia. Pronto se quedó huérfano de padre, por lo que su madre se tuvo que hacer cargo de él y de sus dos hermanos.

A los 14 años, ingresó como novicio en un monasterio, debido a una promesa que había hecho su madre tras recuperarse de una enfermedad, según el periódico Bangkok Post. Y un año después, ingresó en el templo Bowon Niwet de Bangkok. Allí prosiguió sus estudios en el idioma pali de las escrituras budistas y fue ordenado monje en 1933, al cumplir la mayoría de edad.

En 1946, se convirtió en el secretario privado del anterior patriarca supremo y diez años más tarde, con 43 años, fue nombrado guía espiritual del actual monarca tailandés, Bhumibol Adulyadei, durante el periodo que adoptó los hábitos en Bowon Niwet. Una tradición en la monarquía tailandesa, que señala que el futuro rey tiene que servir como monje antes de acceder al trono.

A lo largo de su vida monacal fue recibiendo títulos honoríficos, que pasaban también a engrosar su nombre propio, hasta que en 1972 recibió el de Somdet Phra Nyanasamvara. Un título especial que no se había concedido a un monje tailandés en más de 150 años,. Un paso previo para que en 1989 fuera nombrado Patriarca Supremo budista de Tailandia (Sangharaja, o Señor de la Sangha) por los reyes de Tailandia.

Autor de numerosos libros y reconocido por su labor en la construcción de escuelas y templos en las zonas rurales de Tailandia, Nyanasamvara tuvo que dejar en 1999 sus obligaciones en el Consejo de la Sangha (el organismo que supervisa las órdenes budistas en el país), por problemas de salud. Tres años más tarde ingresó en el hospital de Chulalongkorn de Bangkok, donde permaneció hasta el día de su muerte.

Su retiro no fue óbice para que en el 2012, la Conferencia Mundial Budista Suprema, le rindiera un último homenaje y le nombrara Santidad Suprema del mundo budista.

Artículo publicado en La Vanguardia.

¿Necesitamos creer? Las funciones de la religión

La historia del ser humano no puede ser entendida sin hacer referencia a la religiosidad o espiritualidad. Pero ¿es necesario creer? ¿Creer en algo es un rasgo inherente a la persona o viene impuesto desde fuera? Y, por último, ¿los que viven acompañados de esa espiritualidad son distintos de los que no profesan ninguna creencia?

Las funciones de la religión
Para qué sirve la religión? Las genuinas preguntas filosóficas son sencillas de formular. Tampoco resulta difícil darles una respuesta. Otra cosa –la verdaderamente dificultosa, sólo al alcance de los auténticos genios– es fundamentar la solución. Esto se cumple perfectamente en la cuestión de si necesitamos la religión o de qué aporta a la existencia humana la fe en lo sobrenatural.

Numerosos pensadores, coincidentes en la radical falsedad e irracionalidad de las creencias y prácticas religiosas, reconocen, sin embargo, funciones a la religión. Todos ellos practican la filosofía de la sospecha, se apuntan al método genealógico consistente en admitir que las cosas no son lo que parecen y que, por consiguiente, hay que desenmascararlas, arrancarles su disfraz, mostrar a la luz su verdadero rostro. Son partidarios acérrimos del principio reduccionista que sentencia que tal o cual cosa no es más que… De este modo se han propuesto distintas funciones desempeñadas por las religiones para, a continuación, equiparar su esencia con esta función. Se ha sugerido que la religión no es sino el fundamento de las normas morales, el yo social extrínseco interiorizado, las tablas sinaíticas de la ley ancladas en la personalidad de cada uno. O quizá la religión se identifique con la garantía del orden social vigente. Tampoco ha faltado quien en la religión ha visto una ciencia incipiente, un bosquejo de explicaciones de los inquietantes fenómenos naturales. Auguste Comte, fundador a la par del positivismo y del totalitarismo, augura la sustitución de la fase religiosa de la humanidad por su fase científica o positiva, tras el breve interregno de la metafísica. No faltan planteamientos más audaces. Para Freud, Dios ocupa el puesto del padre perdido y garantiza un menguado consuelo ante las incertidumbres de la existencia. Ya había adelantado Feuerbach que la cuna de Dios yace en la tumba del hombre.

Nadie niega que estos análisis funcionalistas de lo religioso tienen parte de razón. La religión cumple estas y otras muchas funciones. Sus utilidades son múltiples. En una época en que nos hemos acostumbrado a instrumentos multiusos no puede extrañarnos que algo tan constante en la historia humana cumpla también finalidades muy distintas. Pero el funcionalismo se aventura más allá de encontrar usos distintos a instituciones sociales y creencias. Identifica, sin más, la función descubierta con la esencia del fenómeno. La religión no es más que… Si la religión no es más que el fundamento del orden moral o social, si no pasa de ser una deficiente explicación de lo incomprensible, o un fenómeno de transferencia en una personalidad neurótica y narcisista, entonces la función que hasta ese momento cumplía se desvanece. Por ejemplo, si no hay Dios de quien provenga la legitimidad del poder absoluto, este se muestra como injustificado. La religión sólo sustenta el orden social si es vivida como algo más que su apoyo. Pero, además, al despojar a la religión de su índole propia, el método genealógico aboca al agnosticismo o al ateísmo.

Para los maestros de la sospecha, el ser humano no precisa de la religión, o no la necesita de modo esencial, de forma que las funciones que históricamente ha desempeñado pueden delegarse en otras instituciones sociales y creencias. Para el indiferente, la religión es superflua. Al agnóstico, la finitud del mundo le basta; no añora otras realidades externas al mundo conocido. Las insatisfacciones de este universo, los reveses de su existencia, su limitación y la propensión a la maldad que descubre en su interior, reclaman ciertamente correcciones, pero son mejoras dentro de la finitud. El agnóstico busca perfeccionar este mundo, no sustituirlo por otro radicalmente diferente. Incluso deseará atrasar su muerte, evitar que le sorprenda, pero no anhela eliminarla. Puede pasarse sin religión y, si en alguna ocasión la fomenta, es exclusivamente para las masas.

Pero hay otros seres humanos que viven de un modo totalmente diferente el fenómeno religioso. Se ahogan en la finitud. Su corazón ansía algo que no es de este mundo. No aspiran a limitar la imperfección, reducir la maldad o aplazar la muerte, sino a eliminarlas. Desean lo totalmente otro, que nada de este mundo puede proporcionar. Ansían entrar en relación con una realidad de la que no podrán apropiarse, decir en ningún sentido es mía. El deseo de lo absolutamente otro no viene precedido de una carencia, de la necesidad de restablecer una unidad perdida. La persona religiosa no aspira a un retorno, sino a lo inesperado, a lo que no cabe prever. El deseo vehemente de Dios, centro de la vida de la persona religiosa, es tal que lo deseado no lo calma, sino que lo ahonda. En esta perspectiva, la religión identificada con el anhelo de la alteridad absoluta no cumple ninguna función o, mejor, no se identifica con ellas. Es el latido mismo de la existencia.

Artículo publicado en La Vanguardia.

Kant: cosmos, evolución, cerebro

kantUna de las expresiones más famosas de Kant dice: “Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí. (…) La primera (…) aniquila, por así decir, mi importancia como ser criatura animal que tiene que devolver al planeta (sólo un punto en universo) la materia de donde salió después de haber sido provisto por breve tiempo de energía vital (no se sabe cómo). La segunda, en cambio, eleva mi valor como inteligencia infinitamente, en virtud de mi personalidad, en la cual la ley moral me revela una vida independiente de la animalidad, incluso de todo el mundo sensible” (Crítica de la razón práctica).

Hoy sabemos bastante más de estas “dos cosas”, pero la admiración que despiertan se mantiene viva, quizás incluso más que en los tiempos de Kant. Tanto la cosmología como la ética y el comportamiento humano -hoy vinculados a la evolución y a las neurociencias- resultan mucho más fascinantes que hace tres décadas. Las dimensiones del cosmos y de nuestros cerebros se han hecho mucho mayores y complejas que lo que se creía en los tiempos de Kant.

1. El cielo estrellado. Cosmología. La parte principal de la energía del universo, nos dicen hoy los investigadores de este ámbito, está vinculada a un vacío cuántico del que todo deriva. De entrada, eso parece bastante antiintuitivo. Pero sólo lo es si nos mantenemos en las perspectivas de la física clásica y, sobre todo, de las “intuiciones” de nuestros cerebros. Unos cerebros que no dejan de ser unos productos macroscópicos generados por la evolución de la vida en este planeta perdido que orbita en una estrella vulgar de una galaxia. Y estos cerebros no intuyen nada bien aquello de lo que nos habla la física cuántica, una teoría que se ha revelado muy exacta y con muchas aplicaciones prácticas, pero que se escapa de nuestra imaginación visual. La cosmología actual sigue profundizando en el proceso de “descentramiento” de los humanos, no sólo sobre la posición que ocupamos en el cosmos, sino también sobre las ideas que tenemos del mundo. Podemos ver este descentramiento en cinco etapas: 1) un universo geocéntrico, 2) un universo heliocéntrico, 3) un universo relativista que relaciona la materia y espacio-tiempo, 4) un universo cuántico (principios de superposición y entrelazamiento), y 5) un universo cuántico en proceso de expansión acelerada que contiene materia y energía oscuras. Las fluctuaciones cuánticas de la energía del vacío serían el origen del universo (o multiversos). Conclusiones sorprendentes y magníficas.

2. La ley moral. Filosofía, evolución, neurociencias. Kant ha pasado a la historia como uno de los principales filósofos de la moralidad. Sin embargo, pertenece a un tiempo anterior a la revolución darwinista, la genética, la primatología y las neurociencias, las cuales inciden en la concepción que hoy tenemos de la moralidad de los humanos. Probablemente hoy Kant reformularía las versiones “universalistas” de la moralidad que tienden a desterrar el emotivismo, el pluralismo y la vinculación de los humanos en el “mundo sensible”. Hoy sabemos que nuestros cerebros son fruto de presiones evolutivas orientadas a la supervivencia; cerebros que “saben” muchas más cosas que nosotros (Leibniz ya señaló la importancia de las percepciones inconscientes para explicar el comportamiento humano); sabemos que nuestra conciencia es menos eficiente en términos energéticos que los circuitos inconscientes, pero nos aporta flexibilidad práctica; que nacemos con programas especializados para “estar en el mundo” a través de miles de módulos neuronales que luchan entre ellos; que la conciencia no interviene mucho en nuestras decisiones cotidianas, o que las emociones tienen un papel clave en las decisiones morales.

La epistemología, en cambio, ha radicalizado aquello que Kant sugirió hace más de dos siglos: lo que captamos del mundo es una construcción de nuestros cerebros, incluidas las percepciones del tiempo o de las ondas electromagnéticas que denominamos “luz”. El cerebro ejerce un papel activo en la construcción de “nuestra realidad”. “Pensar” es una actividad situada a menudo más allá del control cognitivo consciente. Es decir, no es sólo que estemos condenados a “pensar sin conocer” sobre determinados objetos (el mundo, el alma, Dios), como comenta Kant en la “Dialéctica trascendental” de la Crítica de la razón pura, sino que también “conocemos sin pensar” -conocimientos de origen evolutivo anteriores al lenguaje y a la humanidad-. Una humanidad que, como Kant intuyó, está programada para la interacción social, pero desde una insociable sociabilidad (¡otro concepto kantiano magnífico!): a menudo queremos ser sociales, queremos llegar a consensos, pero nuestra naturaleza quiere otras cosas. Lo dice el actor-rey de Hamlet: “Nuestros pensamientos son nuestros. Los propósitos de nuestros pensamientos siempre van por su cuenta” (A3, E1).
La conclusión es que lo que consideramos “real” y lo que consideramos “humano” se ha movido de sitio, se ha transformado. A Kant probablemente le hubieran entusiasmado los conocimientos actuales de cosmología, evolución y neurociencia.

Artículo publicado en La Vanguardia.

¿Necesitamos saber de religiones? El Estado laico y la religión

A pesar de los augurios de muchos intelectuales del siglo XX, las religiones no han desaparecido, al contrario; su influencia es creciente y están presentes en graves enfrentamientos e incomprensiones planetarias. ¿Sabemos de religiones lo bastante como para comprender el mundo en que vivimos? ¿En un Estado laico, el conocimiento académico de la religión es prescindible?

El Estado laico y la religión
La religión en la escuela es una de las asignaturas pendientes para lograr ese pacto educativo que tanto necesitamos. A pesar de que la educación es la mejor inversión para salir de las diversas crisis que nos angustian a medio y largo plazo, es desoladora la incapacidad para alcanzar consensos de largo alcance más allá de intereses partidistas y posturas excluyentes o impositivas que a menudo son la herencia visceral de nuestra torturada historia.

Por desgracia este asunto reactiva cíclicamente el enfrentamiento cultural e ideológico entre la España del confesionalismo nacionalcatólico y la España del laicismo excluyente de la religión y las comunidades religiosas como culturas públicas e institucionales. Sin embargo existe una tercera España laica donde convergen ciudadanos diversos que intentan construir un espacio público habitable para todos y activar el diálogo y la acción colectiva para superar los conflictos y lograr objetivos comunes. Como ha señalado con lucidez el sociólogo Rafael Díaz-Salazar, tenemos la oportunidad histórica de poner fin al cainismo hispano y de construir una España laica y plural donde el arco iris de culturas públicas cultive la amistad cívica entre ciudadanos diversos.

La enseñanza de la religión en la escuela debería darse de modo que fortaleciera y afianzara esa España laica acorde con el modelo de Estado que propone nuestra Constitución y con la realidad social multicultural y multirreligiosa del siglo XXI. A pesar de los augurios de muchos intelectuales del siglo pasado las religiones no han desaparecido. Su influencia en la configuración de identidades personales y colectivas y en la relación o el enfrentamiento entre individuos y pueblos es creciente. Las religiones, especialmente los movimientos de emancipación y de diálogo ecuménico e interreligioso dentro y fuera de las mismas, son un activo muy valioso en la construcción de una ciudadanía cosmopolita.

En este contexto un conocimiento vivo y científico del hecho religioso que capacite para la interpretación de la realidad y la reflexión crítica y autocrítica, la elaboración de respuestas personales bien fundamentadas, el diálogo y la deliberación conjunta entre personas con convicciones religiosas –también ateas o agnósticas– diferentes, es útil y necesario. Ahora bien, la apuesta por la laicidad implica replantear qué significa enseñar religión en la escuela: su finalidad, contenidos, modos de evaluación y profesorado cualificado para impartirla. Supone diseñar y ensayar nuevas fórmulas para lo que puede ser de muy útil conocer la experiencia de otros países –todos los europeos excepto Francia– en los que la enseñanza de la religión está presente en el sistema educativo.

¿Y qué aporta la ley orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (Lomce), séptima reforma educativa de la democracia, en este ámbito? La religión confesional se mantiene, pero ahora como materia evaluable, equiparándola con las demás a todos los efectos. Se regula como asignatura alternativa Valores Sociales y Cívicos en primaria y Valores Éticos en secundaria. En esta propuesta la Ética desaparece como asignatura troncal, lo que constituye un grave retroceso, especialmente en un momento de crisis de valores en el que el desarrollo de una ciudadanía lúcida, crítica, activa y con convicciones éticas fuertes es imprescindible para la regeneración democrática.

Este modelo consagra la segregación de los alumnos en función de sus opciones religiosas, ya que sólo ofrece la opción de una formación confesional católica, islámica, judía o evangélica, y priva a todos de ese espacio racional común que permite la Ética, una disciplina que les prepara para el diálogo y la deliberación conjunta sobre los grandes asuntos morales.

En cuanto a la opción religiosa confesional, contenidos, programas y selección de profesorado serán realizadas por las autoridades religiosas en cada caso. A la luz de lo expuesto es obvio que la Lomce, a pesar de las pequeñas mejoras que introduce –como acabar con el absurdo de una asignatura no evaluable–, no aborda las cuestiones de fondo ni los nuevos retos.

Dice Martha Nussbaum que la educación no puede centrarse exclusivamente en conocimientos útiles para crear renta. El abandono de la formación en artes y humanidades socava la democracia y la calidad de vida porque limita el desarrollo de capacidades vitales para producir ciudadanos reflexivos y creativos.

Considero que la enseñanza de la religión, adecuadamente planteada, también puede contribuir al desarrollo de la interioridad y de valores posmaterialistas, a la reflexión y el pensamiento crítico, a la conciencia de ser ciudadanos del mundo, a la capacidad de imaginar con compasión las dificultades del prójimo y, sobre todo, de darle sentido a nuestra vida.

Publicado en La Vanguardia.