¿Un mundo dejado de la mano de Dios? Naturaleza y espiritualidad

No podemos olvidar nunca que el mundo está en nuestras manos. Las tradiciones espirituales son canales de transmisión de los grandes valores y la presencia acompañante que permite el aprendizaje. La relación que establecemos con la naturaleza revierte siempre en nosotros. Nuestra vida no es ajena a la vida de nuestro planeta. Vivimos en ella, con ella y gracias a ella. La actitud correcta es vivir para ella. Esta verdad reclama toda nuestra responsabilidad para salvar y mejorar la tierra, el agua y el aire. Elementos básicos de los que se alimenta toda forma de vida.

Valores espirituales como la humildad, la sobriedad, el respeto, el agradecimiento hacen de timón para avanzar correctamente en la conservación de la naturaleza. Sin estos valores se actúa con desmesura, con soberbia, con ignorancia. Hay que ser humilde para saber acoger un don tan grande. Hay que ser sobrio para no hacer un uso desmedido. Hay que vivir conscientemente para actuar con el respeto que se merece. Hay que saberse pobre para ser agradecido.

Si no nos responsabilizamos nosotros de la Creación, ¿quién lo hará? Cuesta imaginar una presencia que estropee los elementos vitales como hacemos a menudo nosotros. Somos hijos y, al mismo tiempo herederos, de un gran estallido que denominamos vida y tenemos que responder con responsabilidad. Tenemos que emplear ingenio y fuerza de voluntad si queremos preservarla. Nadie puede apropiarse la vida como manantial universal que es, ni nadie puede ser excluido. Nuestro presente no es exclusivamente nuestro. Lo es también de las generaciones futuras. Toda creencia y toda espiritualidad tienen que suscitar la pertenencia al universo y su participación correcta. Necesitamos un mirar amplio y profundo para poder entender y amar todo el alcance de la realidad. Este mundo es salvable. No obstante, no hay peor situación, para perderlo todo, que la desidia y la ignorancia. Los valores espirituales tienen que vincular a un todo que está muy presente y próximo, y a una trascendencia que es origen y destino con un compromiso de hechos prácticos.

La continuidad del planeta, y con ella la de todos los seres vivos, está en nuestras manos. Si sabemos ver y vivir el presente como el germen del futuro podemos abrir respuestas responsables que transformen situaciones de alto riesgo. El futuro no es un espejismo si es la expansión del presente. Pero cuando el presente no se vive con compromiso e integridad el futuro puede ser un auténtico desbarajuste. Vivir correctamente el presente hace posible un mañana habitable para todo el mundo.

Artículo publicado en La Vanguardia.

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