¿Un mundo dejado de la mano de Dios? Custodia de la Creación

¿Necesitamos recuperar los valores de las diferentes tradiciones espirituales para reforzar una ética y una cultura de la sostenibilidad? ¿Qué valores espirituales cuentan a favor de la conservación de la naturaleza? ¿Para salvar el planeta tenemos que responsabilizarnos de la Creación? ¿Qué papel tienen las creencias y la espiritualidad para superar la crisis ecológica?

Custodia de la Creación
Recientemente el papa Francisco ha resaltado en su homilía de inicio de pontificado la responsabilidad que nos afecta a todos de custodiar la tierra, la belleza de la naturaleza, y de tener respeto por todas las criaturas y por el entorno en que vivimos. Concretamente lo ha expresado de la forma siguiente: “Seamos custodios de la Creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro y del medio ambiente”.

Esta frase nos da pie a reflexionar sobre la necesaria dimensión espiritual de la cada vez más profunda conciencia ecológica en nuestro tiempo y de la conveniencia de ir más allá de los valores de una ética del medio ambiente y del paisaje. Vivimos sin duda momentos históricos que pueden representar la antesala de cambios relevantes en el porvenir de la humanidad. A buen seguro, aunque nos resulte difícil creerlo, vamos hacia una sociedad más armónica, más sostenible, de mayor empatía, y hacia una nueva era en las relaciones humanas.

Decae el viejo paradigma basado en el crecimiento material y en el progreso tecnológico y científico sin límites que nos aboca hacia un horizonte insostenible, deshumanizado, delirante y sin sentido, y emerge lentamente un nuevo paradigma que todavía no podemos definir con precisión del todo, pero que intuimos más humanista y espiritual. Iniciamos justo ahora el kairós de esta larga transición hacia una nueva etapa evolutiva de la humanidad, aunque de momento nos queden años de gran tribulación y oscuridad hasta alcanzar ese horizonte de esperanza.

Estamos inmersos de lleno en una crisis global y sistémica, en un momento de cambio profundo, donde tenemos la oportunidad de mejorar y humanizar los modelos de progreso y los sistemas tecnocientíficos de funcionamiento que han regido hegemónicamente en el mundo durante los últimos siglos. Todo un privilegio para nuestra generación, aunque lo vivamos desconcertados, con grandes incertidumbres, y a menudo de forma amarga y dolorosa. No obstante, no podemos negar que al mismo tiempo resulta una etapa interesante, de regeneración y renacimiento, creativa y estimulante.

En estos momentos está aumentando la conciencia colectiva de lo que no funciona. Constatamos la necesidad de pasar de un mundo y una ciencia mecanicista a otro mundo con visión holística, que nos vuelva a conectar con la naturaleza.

Percibimos e intuimos la necesidad de ser cocreadores de este mundo basado en la materia con el fin de transformarlo en otra realidad basada en la conciencia. Nos estamos dando cuenta de que el universo y el mundo es mental y espiritual. Resulta que al cambiar nuestra visión del mundo, es decir, nuestra cosmovisión, cambiamos nuestros valores, principios, objetivos, estrategias, políticas, acciones y prioridades. Y es entonces cuando iniciamos el Tao, el camino de transformación profunda de nuestra conciencia hacia un mundo mejor en el que atendamos a lo que de verdad resulta esencial.

En este contexto, alcanza una nueva dimensión la custodia de la tierra a la luz de las diferentes tradiciones espirituales con el fin de impedir el dominio expoliador e irrespetuoso del entorno, reconociendo la dignidad del ser humano y de la naturaleza y proponiendo su administración responsable. Dicho de otro modo, habrá que avanzar hacia un desarrollo sostenible basado en el respeto por la biodiversidad, en el justo reparto de los recursos naturales, atendiendo a las necesidades de las generaciones presentes y futuras, cuidando de la vida.

La humanidad de hoy, si consigue armonizar las nuevas capacidades científicas y tecnológicas con una fuerte dimensión cultural, ética y espiritual, alcanzará promover la Tierra como hábitat sostenible a favor de todos los seres humanos, sobre todo de los más desfavorecidos, así como del resto de las especies del planeta.

Interconectar la persona con el entorno, el cosmos y la divinidad forma parte de la esencia de las diferentes tradiciones religiosas y sabidurías espirituales que a lo largo de la historia han enriquecido el patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Raimon Panikkar desarrollaba brillantemente esta idea de conexión con la intuición primordial de una cuádruple naturaleza humana expresada a través de unos centros concéntricos que reunirían todas las facetas de la realidad: tierra y cuerpo, agua y yo, fuego y ser, aire y espíritu. El sabio sería aquel que experimenta y vive esta quaternitas perfecta.

En la imperiosa necesidad de resolver la crisis ecológica y sistémica actual, siendo custodios de la Creación, responsables de nuestro planeta y personas que cuidamos de todos los seres vivos, en la práctica los valores éticos y espirituales nos ayudan a poner en el centro de todo la dignidad esencial del ser humano con y en la naturaleza, ya que el ser humano es un microcosmos, una imagen del todo, una chispa del fuego infinito.

Artículo publicado en La Vanguardia.

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